Durante el reinado de Fernando IV es cuando sobresale la figura de D. Alonso Pérez de Guzmán y su influencia es más palpable en la corte y todo su entorno.
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La mayoría de los que se han ocupado de su vida, opinan que nuestro Guzmán el Bueno, debió de nacer el día 24 de enero de 1256. Se acaban de cumplir, entonces, 770 años del hecho y, desde esta columna de reflexión histórica, creemos que merece la pena dedicar algunos artículos a quien ha sido considerado uno de los héroes de la Edad Media hispana y que, en cierto modo, ha venido también encarnando, quizás, uno de los rasgos que han marcado el carácter español: la lealtad, lo que le valió, en su momento, el apelativo de “el Bueno”.

Placa que recuerda en el lugar dónde tuvo su casa en León. Fotografía: Martínezld

Aspecto actual de la casa natal de Guzmán el Bueno. Sobre su solar se alza la Audiencia Provincial de León. Fotografía: Martínezld
Hasta tal punto ha sido así que, en la propia urbe regia, León, le fue dedicada una plaza y una estatua, (además de una calle que más tarde cambiaría de nombre) muchos años antes que a uno cualquiera de nuestros reyes. Alguien lo expresó con una frase muy palmaria: “honran al criado, pero no al señor”. La misma se levantó, con no poca polémica, en 1894. La primera, también con cierta contestación, a un rey de León (Alfonso IX), lo fue el 23 de abril de 2019.

Monumento a Guzmán el Bueno, en León. Fotografía: Martínezld
Pero vayamos con nuestra reflexión de hoy sobre don Alonso Pérez de Guzmán. Teniendo en cuenta que ya hemos meditado sobre su nacimiento y el asesinato de su hijo ante los muros de Tarifa, dirijamos nuestra atención al contexto histórico por el que hubo de transitar el héroe durante su proceso vital. De ese modo podremos comprender mejor su propia trayectoria. Es evidente que su biografía no puede ser analizada, con un mínimo de rigor, sin tener en cuenta las circunstancias, el ambiente y el contexto mismo en el que se desarrolló su vida.
Recogemos, en primer lugar, y dado lo avanzado de la Reconquista, lo que, en acertado resumen, afirmara el Profesor Manuel González Jiménez, Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Sevilla: “durante los años que van desde el hundimiento de la potencia militar almohade en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) hasta la defensa de Tarifa por Alonso Pérez de Guzmán (1294) se consuma un proceso, que conquistas, repoblaciones e implantación de estructuras políticas, sociales y económicas transformaron de manera definitiva la región (se refiere a Andalucía, naturalmente). A través de estos procesos, la región acabó por integrarse plenamente dentro de lo que algunos denominan “Corona de Castilla” (nosotros nos negamos a aceptar tal concepto) y, a través de ella, dentro del ámbito cultural del Occidente europeo.”
Es, entonces, de la máxima importancia, acercarse, siquiera someramente, a dicho proceso, puesto que, en el mismo, nuestro héroe figura en la cima de la pirámide de las personalidades que allí dejaron su impronta.
Ya el último rey privativo de la Corona Leonesa, Alfonso IX, (por mejor decir el octavo de León, pero esa es otra batalla seguramente ya perdida) había conquistado toda la Extremadura, dejando, en 1230, fecha de su muerte, la misión de la conquista de Sevilla, y prácticamente el campo expedito a su heredero, el infante leonés (ya rey de Castilla, en ese momento), nacido en Peleas de Arriba (Monasterio de Valparaíso), Zamora, 1199/1201, Fernando III de León y Primero de Castilla.
Juntos ambos reinos en una misma persona, y dirigidos los ejércitos hacia una misión común, se lleva a cabo la toma de Córdoba (1236), Jaén (1246), así como otras ciudades del Valle Andaluz y posteriormente Sevilla entre agosto de 1247 y noviembre de 1248. Corresponde añadir que la conquista de una ciudad tan grande, con más de siete kilómetros de murallas y el Guadalquivir, no fue empresa fácil, por lo que la misma se llevó a cabo en forma de cruzada (bula del papa Inocencio IV del 15 de marzo de 1247), con la participación del Reino de Aragón (Jaime I), incluso del Reino de Granada y todas las órdenes militares; eso sí, sin menospreciar tampoco el apoyo económico y militar de franceses, alemanes e italianos.

Fernando III de León y I de Castilla. Colección de Cuadros de los Reyes de León. Ayuntamiento de León. Fotografía: Martínezld
El rey santo falleció el 30 de mayo de 1252, sin haber podido cumplir su deseo de intervenir decididamente en el norte de África; sabia estrategia, con el objetivo de impedir la siempre recurrente amenaza musulmana que procedía de esos territorios. Su paso al más allá se produjo después de haber practicado el ritual de despedida del mundo que ya usaran San Isidoro, Ramiro II (en la iglesia de San Salvador de Palat del Rey, León) y Fernando I de León (en la Basílica del Santo Isidoro, León), siendo enterrado, según su petición, a los pies de la Virgen de los Reyes, en la catedral de Sevilla.

Alfonso X de León y Castilla. Colección de Cuadros de los Reyes de León. Ayuntamiento de León. Fotografía: Martínezld
Quedaba ahora la tarea de la consolidación de lo conquistado por medio de una necesaria repoblación, procedimiento utilizado desde los primeros reyes del Regnum Imperium Legionense, fundamentalmente el aludido Ramiro II. Esta será llevada a cabo por su sucesor, Alfonso X, aunque sin descuidar la obligación de seguir reconquistando nuevos territorios como Jerez, Niebla, Arcos, Lebrija, Alcalá Sidonia, Cádiz; todo ello con el apoyo explícito de nobles y eclesiásticos entre los que podemos citar al primer arzobispo efectico de Sevilla, Remondo de Losana, junto a don Fernán Pérez Ponce, don Juan Mathé de Luna, el consejero y asesor de Sancho IV, don Fernán Pérez Maimón, y don Alonso Pérez de Guzmán. Todos ellos constituirán las personalidades sobre las que se asentarán esos nuevos compromisos y obligaciones de la corona.
Hay que señalar también, para una mejor comprensión de los hechos, que, a lo largo de su vida, Guzmán hubo de atravesar los años complicados, no solo del reinado de Alfonso X, sino de la rebelión nobiliaria de 1272, en la que participaron Nuño González de Lara, Lope Díaz III de Haro, señor de Vizcaya, Esteban Fernández de Castro, Diego López de Haro, Alvar Díaz de Asturias y hasta el propio hermano del rey, el infante Felipe (nacido en 1231; Caballero de la Orden del Temple, Arzobispo de Sevilla, durante breve tiempo, como hemos señalado. Fallecido el 28 de noviembre de 1274; está enterrado en la Iglesia de Santa María la Blanca de Villalcázar de Sirga, templo vinculado a la Orden del Temple).
A los personajes citados se unieron gran parte del clero y la oligarquía de las ciudades, constatando la situación en la que se encontraba el reino, a causa de los enormes gastos en los que incurriría el rey por mor de su deseo de ser coronado Emperador del Sacro Imperio, que entendía corresponderle (a la muerte de Conrado IV Hohenstaufen, ocurrida en Italia el 21 de mayo de 1254), como hijo de Beatriz de Suabia. Este “fecho del imperio” dejaría esquilmadas las arcas del reino por sus constantes viajes a Roma y a Alemania, además del pago de supuestas influencias.
Esto último obligó asimismo al rey Alfonso a alterar la situación de la población musulmana que había permanecido en la región después de la conquista, evacuando poblaciones enteras (como sucedió en Morón de la Frontera), estableciendo guarniciones en los enclaves estratégicos de la zona del Guadalete o liquidando de forma expeditiva el reino vasallo de Niebla (1262). Todos estos hechos prepararon la sublevación general de los mudéjares andaluces en la primavera de 1264.
Sumemos a ello los problemas sucesorios derivados del testamento del soberano a causa de la muerte prematura del sucesor (Fernando de la Cerda, en 1275), la minoría de edad de los hijos de este, la insurrección de los otros hijos de Alfonso, el intento de desmembración del reino, el levantamiento reiterado de su hijo Sancho (1282) que sería desheredado a finales de dicho año, a pesar de un primer apoyo de su padre, incluso la posterior coronación del infante rebelde Juan, el de Tarifa, como rey de León, etc.
A comienzos de ese malhadado 1275, aprovechando la ausencia del Rey Sabio, ocupado en sus asuntos del Imperio con el papa, si es que faltaban problemas, se produjo la entrada en acción de los benimerines, el nuevo poder marroquí heredero del Imperio almohade, algo que continuará por años. Los reinos de Alfonso estaban gobernados, en ausencia de su padre, por quien sería a la postre el heredero; Sancho contaba entonces 20 años.
Esta decisión tuvo dos consecuencias inmediatas: una, la fuga de la reina doña Violante a la corte de su hermano, Pedro III de Aragón, llevando consigo a sus nietos los infantes de la Cerda; dos, la ruptura de relaciones con Francia, cuyo rey Felipe III, tío de los infantes, reclamaba para sus sobrinos el título de rey de Castilla, León, Toledo u otro título real desgajado de los dominios de Alfonso X.

María de Molina presenta a su hijo Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1295 .Óleo sobre lienzo pintado por Antonio Gisbert Pérez en el año 1863. Salón de Sesiones del Congreso de los Diputados de España. Fotografía: Wikipedia
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En unas circunstancias más próximas a una guerra civil y con las veleidades del rey, entre pactos con los unos o los otros e incluso con la circunstancia de tener que pedir apoyo directo a los benimerines, el 4 de abril de 1282 se produce la muerte de Alfonso, cuando los partidarios de Sancho, constatando el descontrol reinante, aumentaban cada día. Por ello, y a pesar de haber sido desheredado, al menos en un principio, Sancho será coronado en Toledo el 30 de abril del citado año. Tenía entonces 26 años y estaba casado con la leonesa María de Molina, hija de Alfonso de Molina, infante leonés, (hijo del gran Alfonso IX de León y, por lo mismo, hermano de Fernando III) y de su tercera esposa, Mayor Alfonso de Meneses.

María de Molina. Fotografía: Wikipedia
Doña María de Molina estaba dotada de unas grandes dosis de sentido de Estado y contó siempre con el apoyo explícito de Guzmán, lo que se demostró en las más variadas circunstancias. Hemos de colegir que ello se debía a la procedencia leonesa de ambos, lo que supondría una mayor disposición a la confianza entre ellos por el carácter similar y una educación en determinados valores, que no debían diferir demasiado, entre los que primaban, sin lugar a dudas, un acendrado sentido del deber y de la lealtad, algo que siempre ha caracterizado a los leoneses.
No pararía ahí la influencia de los leoneses en la corte; “La búsqueda de apoyos sobre los que asentar su poder llevará a don Sancho (entendemos a propuesta de su esposa) a confiar en un puñado de hombres, entre los que encontramos leoneses, como el obispo de Astorga, don Martín, que se convertirá en uno de los consejeros más cercanos al monarca, o Rodrigo Álvarez, a quien nombra Merino Mayor de León, sin olvidarnos de Fernán Pérez Ponce de León en quien confiará el soberano la educación de su heredero Fernando IV”.[1]
Con estas ayudas y su buen hacer, la reina María conseguirá pacificar el reino, incluso después de la muerte de su marido (25 de abril de 1295) quien, tras 11 años apenas de permanencia en el trono, dejaba como heredero un hijo de 9 años, Fernando IV. La tutoría del niño, durante su minoría de edad (1295-1301), muy peleada y deseada por los grandes señores del reino, será ejercida por ella misma.

Fernando IV Rey de León y Castilla hijo de Sancho IV y María de Molina. Colección de Cuadros de los Reyes de León. Ayuntamiento de León. Fotografía: Martínezld
De hecho, sería el propio rey, en sus últimos momentos, quien haría saber claramente sus deseos, en contra de las ambiciones de alguno de los infantes. Así, como sugiere González López, D.[2], Fernando señalaría
“… su postrera voluntad y nombró tutora del infante don Fernando a su querida esposa doña María de Molina, que tantas fatigas y amarguras había compartido con él y que tan bien le había aconsejado siempre con discreción y tacto. Era lógico y bueno que don Sancho depositase en ella su confianza también en este momento”.
No era una decisión tomada a la ligera, ni mucho menos. Conocedor de los valores de su esposa y basándose en su propia experiencia vital, estaba seguro de que era la mejor solución, ahora y para el futuro:

Juan I de León. Colección de Cuadros de los Reyes de León. Ayuntamiento de León. Fotografía: Martínezld
“… bien se pudo ver cómo la reina siempre fue fiel al rey don Sacho, incluso cuando se quedó viuda y son muchos los momentos en los que en vida de su marido ella ayudó y colaboró también con don Sancho en las funciones de gobierno, administración y negociaciones. Ha sido una suerte para Castilla, que en aquellos momentos difíciles y de guerra civil en el reino, la mesura y el aplomo de esta reina, heredado en parte de su educadora, se pusiesen de manifiesto en tantas ocasiones”.[3]
Conviene señalar asimismo que, debido a la consanguineidad de sus padres, Fernando tenía numerosos detractores para poder ser aceptado como rey, algo que, por fin, logró soslayar, gracias a los buenos oficios de su madre. Para la propia legitimación del matrimonio, María de Molina, no solo tuvo que hacer determinadas concesiones a los reinos vecinos y a los nobles, sino que debió enviar 10.000 marcos de plata al Papa Bonifacio VIII… Hay que recordar, además, que el reino no pasaba por los mejores momentos en materia presupuestaria. La bula, para su tranquilidad, fue proclamada en noviembre de 1301.
Otro problema digno de mención lo constituyen las desavenencias reiteradas de la monarquía portuguesa, representada por D. Dionís I que, posteriormente, y en virtud del Tratado de Alcañices (1297), que venía a fijar la frontera entre los dos reinos, y de ciertos pactos de familia (el 23 de enero de 1302, Fernando IV contrajo matrimonio con Constanza, hija del rey portugués), cuando vio que le interesaba, fue un fiel aliado de Fernando puesto que llegó a poner a su disposición unos 300 caballeros en su lucha contra el infante Juan de León al que, sin embargo, en años anteriores había ayudado y protegido, del mismo modo que venía prestando su apoyo a los infantes de la Cerda.
Otros contratiempos a los que tuvo que enfrentarse, en rápido resumen, y en los que encontramos, en muchos casos, a D. Alonso Pérez de Guzmán (considerando, en primer lugar, que los mismos vendrían más desde dentro de las fronteras del reino, hasta paralizar prácticamente la Reconquista) serían:
a: Los continuos quebraderos de cabeza que representó el príncipe Juan de León, el de Tarifa (así llamado). A finales de 1297, por ejemplo, la reina enviará a D. Alonso Pérez de Guzmán al Reino de León para combatirle directamente, puesto que pretendía seguir controlando los territorios de este reino, del que había sido proclamado rey en 1296; el infante, sin embargo, huyó sin presentar batalla. Hasta en los años finales de su vida, el rey Fernando urde una trama para asesinar a Juan de León, algo que, al final, no se llevará a efecto pues la reina María de Molina pasó aviso al infante Juan y este consiguió poner tierra de por medio.
b: Los conflictos constantes con los descendientes de Alfonso de la Cerda; que terminaron, en cierto modo, con el reconocimiento del papado y el pago a los pretendientes de una renta anual de 400.000 maravedíes.
c: La interpretación tan dispar, incluyendo los deseos de trueque o venta por parte de ciertos miembros de la nobleza e incluso de la casa real, de la ciudad de Tarifa (algo a lo que la reina madre y Guzmán se opusieron siempre).
d: Las guerras, demasiado continuas, contra el Reino de Aragón (Jaime II), hasta desembocar en los tratados de frontera; uno de ellos la Sentencia Arbitral de Torrellas y el Tratado de Alcalá de Henares (diciembre de 1308) por el que se relanza la Reconquista y se concierta el matrimonio de Jaime de Aragón y Leonor, infanta de León y de Castilla.
e: Los conflictos, inacabables, por la posesión del señorío de Vizcaya (1305-1307), etc.
Resueltos la mayoría de estos problemas, el rey puede concentrarse en dos objetivos: la conquista de Gibraltar y el sitio de Algeciras (1309), en el que aún se palpa la guerra larvada con personajes de la mayor relevancia, caso concreto del propio don Juan de León.
A pesar de muchas complicaciones, Gibraltar capitula el 12 de septiembre de 1309, con lo que se decide comenzar el cerco de Algeciras. Sin embargo, nuevos problemas de enfrentamiento entre los nobles (de nuevo aparece la figura de Juan de León, el de Tarifa, y otros nobles que abandonan el cerco) hacen desistir al rey de su empeño. El cerco se levanta en los finales de enero del año siguiente, a cambio de la cesión de algunas pequeñas plazas, ofrecidas por el rey de Granada, y la entrega de 50.000 doblas de oro. La gloria de la conquista de la deseada Algeciras (la Al-Yazira-Al-Hadra, musulmana) corresponderá, no obstante, a su hijo Alfonso XI.
En abril de 1311, el rey enfermó de gravedad, aunque todavía llegaría a conocer a su heredero nacido en Salamanca el 13 de agosto del mismo año. Fernando fallecería el 7 de septiembre de 1312 en Jaén. Contaba 26 años y había ocupado el trono apenas 17. Los hechos ocurrieron 2 años después de la muerte de su gran valedor, nuestro Guzmán, caído en una simple escaramuza, como relataremos más adelante, y un año más tarde que otro de sus más firmes apoyos, D. Diego López de Haro, señor de Vizcaya.
Si nos hemos detenido un poco más en los acontecimientos ocurridos durante el reinado de Fernando IV es, sencilla y llanamente, porque es durante el mismo cuando sobresale la figura de D. Alonso Pérez de Guzmán y su influencia es más palpable en la corte y todo su entorno.
Notas
- [1] Álvarez Álvarez C., et al., La Historia de León, Volumen II: Edad Media. U. de León, León, 1999. p. 240.
- [2] González López, D., Aromas de lealtad, Historia de Guzmán el Bueno, p. 178
- [3] González López, D., Ídem, p. 159.





