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Investigadores de la USAL y el CSIC descubren una cocina romana de dos mil años de antigüedad

El equipo profesional que ha realizado el descubrimiento ha estado dirigido por José Manuel Costa García (USAL) y Jesús García Sánchez (Instituto de Arqueología de Mérida IAM-CSIC-Junta de Extremadura). Con este hallazgo, de gran relevancia histórica, culmina la décima campaña arqueológica en Sasamón (Burgos).

Investigadores de la USAL y el CSIC descubren una cocina romana de dos mil años de antigüedadInvestigadores de la USAL y el CSIC descubren una cocina romana de dos mil años de antigüedadHace ya diez años que el equipo profesional dirigido por Jesús García Sánchez (Instituto de Arqueología de Mérida IAM-CSIC-Junta de Extremadura) y José Manuel Costa-García (Universidad de Salamanca) impulsa la investigación arqueológica en la comarca segisamonense con el objetivo de estudiar el poblamiento romano en la comarca (siglos I a. C.-VII d. C.).

Investigadores de la USAL y el CSIC descubren una cocina romana de dos mil años de antigüedadTras la excavación del imponente poblado de la Edad del Hierro turmogo en el Cerro Castarreño (2018-20) y el cerco de asedio romano que puso fin a su ocupación (2021-22), los trabajos se centran ahora en el solar de La Era, un terreno recientemente cedido por su propietaria, María del Carmen Rodríguez Simón, al Ayuntamiento de Sasamón para su investigación. Se trata de una reserva arqueológica privilegiada a los pies de la Iglesia de Santa María la Real de Sasamón, pues permite estudiar directamente la ciudad romana de Segisamo (2023-26).

La intervención, financiada por la Diputación de Burgos y los ayuntamientos de Sasamón y la Junta Vecinal de Olmillos de Sasamón, comprende asimismo la prospección mediante medios aéreos (con recurso a drones con distintos sensores) y geofísicos de otros importantes enclaves romanos en la comarca.

Una cocina de dos mil años de antigüedad

Uno de los hallazgos más sorprendentes de esta campaña es una estancia que podría identificarse como una antigua cocina romana. José M. Costa indica que “se ha visto muy afectada por expolios posteriores, pero todavía es posible reconocer los restos de un espacio netamente funcional, un posible horno y numerosos materiales relacionados con la preparación de alimentos”. 

Investigadores de la USAL y el CSIC descubren una cocina romana de dos mil años de antigüedadInvestigadores de la USAL y el CSIC descubren una cocina romana de dos mil años de antigüedadLos muros de este habitáculo se alzaron en adobe sobre zócalos de piedra y posiblemente estuviesen enlucidos, técnica que ha perdurado en la arquitectura tradicional castellana. Los pavimentos mostraban también una factura sencilla y económica: una capa de arcilla compactada se asentaba sobre una cama de guijarros, lo que garantizaba un uso duradero y una limpieza cómoda.

“Tenemos una imagen un tanto idealizada de las ciudades romanas como espacios monumentalizados, pero rara vez espacios domésticos y productivos nos vamos a encontrar con mosaicos y paredes pintadas”, explica el profesor de la Universidad de Salamanca. Un pequeño escalón delimitaba un espacio más elevado que probablemente sirvió como suelo de un horno hoy prácticamente destruido. Aquí se prendería el fuego cuyos restos han hallado los arqueólogos dos mil años después: un potente nivel de cenizas y carbones en el que han podido recuperarse numerosos materiales.

Los restos cerámicos recuperados son consistentes con el uso del espacio como cocina”, señala Jesús García, quien resalta la antigüedad, la diversidad y el buen estado general de la vajilla. “Hemos documentado grandes recipientes destinados al almacenaje de alimentos (dolia), así como jarras, cuencos y otros útiles para el procesado de alimentos, como los morteros”. A ellos se unen otras piezas directamente relacionadas con el cocinado: a las modestas ollas podemos sumar sartenes (patera) con recubrimientos antiadherentes, las célebres cerámicas de engobe rojo pompeyano, e incluso fragmentos de un clibanus, un pequeño horno portátil que permitiría hacer pan sobre una superficie refractaria. Algunas de las piezas proceden, sin lugar a dudas, de la península itálica; otras se habrían producido localmente.

El investigador del IAM indica que “en época de Augusto y Tiberio vivían en Segisamo personas cuyas prácticas culinarias eran plenamente romanas, pero esto no significa que todos los habitantes de la ciudad fuesen foráneos, pues algunas de las cerámicas siguen la tradición turmoga”. Esta mezcla de gentes y costumbres seguramente imprimió un carácter particular a los habitantes de la antigua Sasamón. “Es como si estuviésemos viendo la cocina de una abuela turmoga: un poco de lo nuevo; un poco de lo viejo”, bromean los investigadores.

Es posible, sin embargo, que esta no sea la fase de ocupación más antigua del solar. En otro sondeo se observa con claridad cómo a las estructuras romanas anteceden otras cuya factura evoca la de los poblados de la Edad del Hierro como el excavado en el vecino Cerro Castarreño, lo que revela que la población indígena desempeñó un papel importante en la construcción y la identidad de la nueva ciudad. Los arqueólogos quieren continuar explorando nuevos espacios para entender cómo vivía esta comunidad y cómo la urbe se desarrolló a lo largo de los siglos.

Recuperando la historia de Sasamón al completo

La intervención en La Era tiene como objetivo principal ahondar en los orígenes de la Sasamón romana, pero el trabajo arqueológico avanza con la minuciosidad propia de un contexto urbano. En el orden inverso a su deposición, los arqueólogos retiran cada capa de tierra y documentan cada estructura conservada para recopilar indicios que les permitan aproximarse a las distintas fases de la historia de la localidad.

La memoria oral y la fotografía de inicios del siglo XX todavía conservan el recuerdo de la era dedicada a la trilla y al ganado mular. Sin embargo, poco o nada se sabía sobre el uso de este mismo espacio como necrópolis de inhumación durante el siglo XIX. La decena de tumbas documentada hasta la fecha se ajusta al rito cristiano, pero el conjunto se sitúa apartado del espacio histórico de enterramiento, en el claustro de la iglesia de Santa María, y muestra indicios de haber sido realizado apresuradamente. “El único objeto fiable con el que contamos para datar estos enterramientos es un botón de una guerrera de la época de Isabel II (1833-1868)”, señala Laura Blanco, investigadora de la USAL especialista en arqueología funeraria.“Quizá estemos ante un cementerio relacionado con alguna de las epidemias que azotaron Burgos durante el siglo XIX”.

Otros horizontes de ocupación y expolio pueden datarse de la época moderna (siglos XVI-XVIII), posiblemente la última vez que en este espacio habitaron personas sobre las antiguas ruinas romanas. Un sencillo camino daba acceso a modestas edificaciones de las que apenas se conservan algunos muros y los hogares donde procuraban calor y alimento.

Bajo estos niveles, todavía se conservan algunas evidencias de época medieval, tiempos en los que Sasamón asistió a la construcción de su imponente iglesia, pero de los que apenas contamos con documentación sobre su trama urbana. Resta, en suma, mucho por hacer, pues solo la excavación en área permitirá estudiar en planta la arquitectura y la distribución espacial de los distintos edificios descubiertos.

Los arqueólogos deben ahora estudiar con detalle la ingente cantidad de materiales arqueológicos recuperados, que incluyen desde elementos de adorno personal (agujas y pendientes de bronce, pulseras y collares de vidrio y azabache) y útiles diversos (cuchillos y clavos de hierro, lucernas para la iluminación, vajillas diversas) hasta elementos de desecho que pueden aportar mucha información sobre la dieta de los antiguos pobladores, como ocurre con los restos óseos.

La impronta personal de estas personas puede apreciarse asimismo en las huellas de calzado impresas en la arcilla fresca de algunos ladrillos o las palabras que grabaron en algunas cerámicas, que conocemos como grafitos.

Una apuesta por las nuevas tecnologías

La campaña estival no se ha limitado a la excavación arqueológica. Paralelamente, el equipo investigador ha aplicado tecnologías no invasivas de última generación para localizar y estudiar el patrimonio de la comarca sin necesidad de alterarlo.

La teledetección aérea con drones y la prospección geofísica con georradar y magnetómetro permiten identificar yacimientos arqueológicos e incluso obtener planimetrías detalladas de las estructuras sin necesidad de remover el subsuelo.

Estas metodologías han demostrado en el pasado su enorme potencial, lo que ha permitido reconstruir la trama urbana de la propia Segisamo (Sasamón) o impulsar descubrimientos espectaculares como la villa romana de Santa Olalla (Olmillos de Sasamón), donde se identificó una posible iglesia visigoda.

Durante la campaña de 2026, el equipo del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM-CSIC), en estrecha colaboración con el Laboratorio de Arqueología de Mínima Invasión (MinarqLab), ha permitido seguir explorando el poblamiento y la explotación del territorio en época romana, con el estudio de parajes como Los Anillos, donde la fotografía aérea y el georradar revelan un pequeño yacimiento rural, quizás relacionado con las captaciones de agua desde el páramo; o en La Serna-El Molino, donde la prospección magnética ha revelado la existencia de un poblado prehistórico, quizás Calcolítico que aumenta en varios milenios la secuencia cronológica de la comarca.

Un referente en la investigación, divulgación y protección del patrimonio

Desde hace ya una década, Jesús García y José M. Costa han liderado un equipo multidisciplinar de arqueólogos y especialistas de distintas instituciones nacionales e internacionales que cada año regresan a tierras burgalesas. De este modo, el proyecto ha servido no solo como espacio de experimentación científica, sino también como un ámbito privilegiado para la formación de estudiantes y jóvenes profesionales de toda España.

La iniciativa ha apostado firmemente, desde sus inicios, por la socialización de la actividad científica en lo que se conoce como arqueología pública. Por ello, los avances de cada jornada en el terreno se han compartido a través de distintos perfiles propios en RRSS y se ha creado un pequeño museo virtual con el objetivo de construir una audiencia propia.

Se han programado visitas guiadas a las excavaciones y charlas informativas para acercar el trabajo arqueológico a la ciudadanía local y fomentar la valoración y tutela de su propio patrimonio. Durante el desarrollo de los trabajos, cualquier particular ha podido asimismo acercarse al yacimiento fuera de los horarios de visita, ofreciendo, durante los meses de verano, una oportunidad única para que vecinos y visitantes observen en directo cómo vuelve a la vida la ciudad de hace dos mil años.

Esta labor de concienciación resulta especialmente urgente ante la amenaza creciente del detectorismo ilegal y el expolio. El equipo recuerda que un objeto arqueológico pierde casi todo su valor histórico si se extrae sin metodología: la verdadera clave para reconstruir el pasado reside en el contexto estratigráfico en el que se halla. La manipulación no autorizada conlleva la pérdida irreparable de esa memoria colectiva. El mensaje ha calado en la población, que comparte sus vivencias y experiencias con el equipo arqueológico a diario.

Por último, el compromiso con el ámbito académico se viene canalizando mediante la presentación de los hallazgos en congresos internacionales y la programación del Museo Arqueológico Nacional, del Museo de Burgos y del Festival Babieka Folk, y culmina con la publicación de los datos en revistas especializadas y monografías dedicadas al urbanismo y al poblamiento romanos.

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