«Esencia», montaje del que ha dicho un crítico que «posee los valores estéticos y filosóficos precisos para que el espectador más exigente se congracie con el teatro»

Fotografía: Teatro Begidum/Javier Naval
En «Esencia», los actores Juan Echanove y Joaquín Climent consiguen extraordinarias interpretaciones en un intenso duelo escénico y el director, Eduardo Vasco, maneja los ritmos y las intensidades de un texto exigente de Ignacio García May. El montaje llega al Bergidum los días 16 y 17 de octubre a las 20,30 horas. Aprovechando la presencia de Echanove, el actor dejará sus manos en la acerca del teatro y junto con su compañero de reparto mantendrá un encuentro con el público el sábado, 17 de octubre, a las 12 horas, en el Bergidum.
Dos amigos se reencuentran después de muchos años. Cecil es un escritor de bestsellers que intenta justificarse ante su amigo, catedrático de la universidad. Su conversación, entremezclada con recuerdos y reflexiones, está atravesada por la espera de un misterioso autor que nunca va a llegar…, o que quizá ha estado presente desde el principio.
«Esencia», montaje del que ha dicho un crítico que «posee los valores estéticos y filosóficos precisos para que el espectador más exigente se congracie con el teatro», es una de las obras más enigmáticas de Ignacio García May, un laberinto de percepciones donde la realidad se tambalea y se torna difusa.
Estamos ante una obra de ideas más que de acción, una reflexión sobre la sospecha, el juego y la ocultación de las identidades, pero dice la crítica que «la interpretación de Juan Echanove y Joaquín Climent le hace alcanzar una profundidad y unos matices realmente sobresalientes». Una función que se plantea de principio a fin como un toma y daca argumentativo que solo exige dos buenos actores que puedan sostenerlo y un director que sepa leer el texto para administrar correctamente la intensidad de las situaciones.
En este intenso duelo escénico tampoco falta el humor y está presente una invitación al cuestionamiento de nuestras propias certezas, una exploración sobre la realidad que nos rodea. Es un trabajo que tiene algo, en la forma, de David Mamet, o de Anthony Shaffer, y que reflexiona de manera muy inteligente, en lo que concierne al fondo, acerca del carácter escurridizo y maleable de la verdad, o de cómo ese carácter permite y alienta tanto la fe como la manipulación. Una propuesta, en definitiva, fascinante e ingeniosa, una «delicatessen», un «gran artefacto teatral» que atrapa al espectador.
El autor, Ignacio García May, se ha caracterizado siempre por una extraordinaria capacidad de fabular, sustentada en un amplio conocimiento tanto de lo humano como de lo ficcional, y por una prosa dialogada elegante, contundente y directa. Pero sobre todo ha sido un escritor que ha defendido su independencia por encima de políticas, modas, conveniencias o moldes. Sin acabar la Escuela de Arte Dramático se convirtió en una referencia tras ganar en 1986, con 21 años, el premio Tirso de Molina con Alesio y, desde entonces, ha desarrollado una trayectoria de hombre de teatro total no solo con títulos propios, sino también adaptando clásicos, dirigiendo espectáculos o incluso sobre la escena, interpretando personajes





