Desde manglares y selvas remotas hasta volcanes activos y playas vírgenes, el país brinda rincones poco explorados que invitan a descubrir su biodiversidad, su cultura local y su auténtico estilo de vida costarricense.

.
Madrid, 18 de enero de 2026. – Costa Rica se consolida como uno de los destinos clave para 2026 gracias a un modelo de turismo que combina conservación, bienestar y desarrollo responsable. Su compromiso histórico con la sostenibilidad ha permitido preservar una riqueza natural que hoy marca la identidad del país. Entre parques nacionales, comunidades que apuestan por el ecoturismo y territorios aún poco explorados, el país de la pura vida ofrece una oportunidad real para viajar con propósito. Un destino que gana relevancia por la autenticidad de sus experiencias y la solidez de su propuesta.
A continuación, una selección de cinco destinos menos conocidos que revelan la cara más genuina del país y amplían el mapa de experiencias sostenibles para 2026.

.
La puerta a la Costa Rica más auténtica
Entre esos rincones por descubrir, Sierpe emerge como uno de esos lugares donde el viaje empieza antes de llegar. Sierpe es un distrito al sur de Costa Rica, en la zona del Pacífico Sur y muy cerca de la desembocadura del río Sierpe, uno de los humedales más importantes del país. Entre manglares monumentales y ríos que avanzan con calma hacia el Pacífico, el viajero encuentra un punto de partida ideal para adentrarse en una Costa Rica más silenciosa, rica en vida y aún muy auténtica. Su atmósfera tranquila, los pequeños embarcaderos locales y la cercanía con algunos de los ecosistemas mejor conservados del país lo convierten en un destino perfecto para quienes buscan naturaleza en estado puro y una experiencia lejos de las rutas más transitadas.

.
Un refugio remoto de biodiversidad
El Parque Internacional de La Amistad, Patrimonio Mundial por la UNESCO desde 1983, regala una experiencia distinta: un área protegida donde los bosques de la Cordillera de Talamanca conservan una sensación de aislamiento cada vez más difícil de encontrar. El parque forma parte de la Reserva de la Biosfera La Amistad y se considera binacional, ya que su extensión abarca territorios de Costa Rica y Panamá. Sus senderos atraviesan altitudes variadas, desde densos bosques nubosos hasta ríos cristalinos y cascadas escondidas, ofreciendo un mosaico de paisajes y biodiversidad inigualables. Además, su avifauna destaca por su extraordinaria diversidad, con cientos de especies propias de los ecosistemas montanos, entre ellas el trogón, el quetzal y el pájaro campana, lo que lo convierte en un lugar privilegiado para el avistamiento de aves. Para quienes buscan naturaleza en estado profundo y una conexión real con entornos intactos, este parque se convierte en uno de los últimos grandes refugios del continente.

.
Naturaleza y océano en primer plano
En el Parque Nacional Marino Ballena, el océano es protagonista. Sus playas abiertas, los arrecifes y la icónica formación de “la cola de la ballena” convierten esta franja del Pacífico sur en un escenario ideal para quienes viajan siguiendo la ruta de los cetáceos o simplemente buscan desconexión frente al mar. Sus cálidas aguas y su biodiversidad marina permiten avistar delfines durante todo el año, y tortugas marinas de forma estacional, convirtiendo cada visita en una experiencia que acerca a los viajeros a la fuerza y la calma del océano.

Aventura, historia y paisajes rurales
Turrialba ofrece otro tipo de energía: la de un territorio marcado por su volcán activo y sus paisajes rurales. Esta pequeña ciudad del Valle Central, a poco más de 50 kilómetros de San José, permite subir al cráter del Volcán Turrialba, recorrer el poco concurrido parque nacional y explorar las ruinas precolombinas del Monumento Nacional Guayabo, el sitio arqueológico más importante de Costa Rica. Los ríos Pacuare y Reventazón, ideales para rafting, suman emoción a la visita, mientras los paisajes agrícolas y las vistas panorámicas completan una experiencia que entrelaza naturaleza, historia y aventura.
Además, la zona es famosa por su queso, un producto local artesanal que ofrece un sabor auténtico de la región y se convierte en un imprescindible para quienes buscan conectar con la gastronomía costarricense. La región también ofrece experiencias de turismo rural y comunitario: en comunidades como Mollejones y La Suiza, los visitantes pueden participar en la elaboración de pan, tortillas y queso Turrialba, recorrer trapiches de caña de azúcar, fincas de café y pejibaye, y disfrutar de caminatas, ciclismo de montaña y actividades culturales que acercan a las tradiciones locales.

.
Refugios frente al Pacífico
Al sur de la Península de Nicoya, en Puntarenas, Montezuma mantiene ese encanto espontáneo que conquista a quien llega por primera vez. Combina playas amplias y tranquilas con un estilo artístico y bohemio propio. Sus famosas cascadas y pozas naturales, junto con los senderos cercanos de la Reserva Natural de Cabo Blanco, permiten acercarse a la fauna local en bosques tropicales bien conservados. Establecida en 1963 como la primera reserva natural absoluta de Costa Rica, Cabo Blanco marcó un hito en la protección de los ecosistemas del país, resguardando bosques tropicales de tierras bajas y su variada fauna. Con un acceso limitado para preservar el entorno, Montezuma complementa la experiencia con playas y actividades cercanas como snorkel, surf o paseos a caballo, haciendo de este un destino que combina naturaleza, aventura y vida costera en un solo recorrido.
Malpaís, a pocos kilómetros de Montezuma y de la Reserva, conserva un carácter más íntimo y discreto frente al mar. Sus playas amplias, el surf constante y un entorno poco intervenido lo convierten en un refugio para quienes buscan calma, autenticidad y días tranquilos, completando así una ruta por el extremo sur de la península donde la naturaleza y la vida costera se viven de manera directa y sin aglomeraciones.





