Versión clásica

Pasión, sangre y arena: el regreso de ‘el gato montés’ al teatro de la Zarzuela de Madrid

15 representaciones durante el mes de junio de una obra que levanta polémicas.

el gato montésEl coliseo de la calle Jovellanos repone a partir del 10 de junio la obra cumbre de Manuel Penella. Mucho más que el título que dio origen al pasodoble más famoso de la historia, se trata de una ópera verista arrolladora donde el folklore peninsular se tiñe de una tragedia irremediable de celos, honor y muerte.

el gato montésHay melodías que se adhieren a la identidad colectiva de un país hasta el punto de hacer olvidar su origen. Le ocurre a cualquiera que escuche los primeros compases del pasodoble por excelencia de la tauromaquia y las fiestas populares españolas: «El gato montés». Sin embargo, reducir esta composición a un recurso de acompañamiento de arena y sol es cometer una injusticia histórica.

el gato montésDetrás de esos acordes vibrantes se esconde una de las páginas más desgarradoras, ambiciosas y perfectas del teatro lírico español, aunque la versión actual no está exenta de polémica, sobre todo si se compara con la que estrenó el mismo Teatro de la Zarzuela hace 14 años, por no mencionar la versión del gran Plácido Domingo en la Maestranza en los fastos de 1992. Dentro de unos días, el Teatro de la Zarzuela levanta el telón para reencontrarse con su verdadera naturaleza: una ópera en tres actos con mayúsculas que funde el costumbrismo con el dramatismo más descarnado.

La dirección de escena corre a cargo del prestigioso director alemán Christof Loy, que curiosamente debuta en el Teatro de la Zarzuela con este montaje. Loy es conocido internacionalmente por huir del folclore superficial y buscar la psicología más cruda y teatral de los personajes, lo que le viene de perlas a este drama. El maestro José Miguel Pérez-Sierra (director musical del teatro) estará en el foso al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM), con Rafael Sánchez-Araña asumiendo la batuta en las últimas funciones de junio. El coro está dirigido por Antonio Fauró.

Al tratarse de una temporada exigente (15 funciones del 10 al 28 de junio), los papeles principales están doblados por grandes voces de la escena actual. Soleá será Interpretada por la soprano armenia Mané Galoyan y la soprano española Miren Urbieta-Vega. Juanillo, «El Gato Montés», encarnado por los barítonos David Oller y Borja Quiza. Rafael Ruiz, «El Macareno» será defendido por los tenores Rodrigo Garulo y Rafael Humberto Rojas. En los papeles de reparto destacan figuras históricas y muy queridas de nuestro teatro lírico, como Milagros Martín y María Rodríguez (que se alternan en el papel de Frasquita), y Carol García y María Luisa Corbacho (como la Gitana).

Un equívoco histórico: ópera con aroma a zarzuela

Aunque el público asocie de manera natural el título al género chico por el espacio que hoy lo acoge, El gato montés «estrenada con un éxito apoteósico en el Teatro Principal de Valencia en 1916» es técnicamente una ópera. No hay en ella líneas dialogadas ni interrupciones habladas; la música fluye de principio a fin sin tregua, al más puro estilo del verismo italiano de entre siglos que abanderaron genios como Puccini o Mascagni.

Manuel Penella concebía el espectáculo como un todo orgánico donde la ambientación popular no se utilizaba como mero adorno pintoresco, sino como el motor de una tragedia inevitable. El lirismo de la partitura es de un empaque colosal, capaz de saltar de la luminosidad de una tarde de toros a la oscuridad claustrofóbica de la serranía en cuestión de compases. Tal fue su impacto original que el propio Penella cruzó el Atlántico con la producción en 1920, llegando a encadenar diez semanas consecutivas de lleno absoluto en el Park Theatre de Nueva York, un hito impensable para la época.

Manuel Penella: el genio trotamundos

Para entender las dimensiones artísticas de la obra es necesario radiografiar a su creador. Nacido en Valencia en 1880, Manuel Penella Moreno fue un músico superdotado, un aventurero indomable y un hombre de teatro integral (él mismo firmaba tanto las partituras como los libretos de sus piezas). Su vida parece sacada de una novela de folletín: viajó por toda América, dirigió compañías de ópera itinerantes, se arruinó y renació artísticamente varias veces, y falleció en Cuernavaca (México) en 1939 mientras supervisaba la adaptación cinematográfica de otra de sus grandes obras, Don Gil de Alcalá.

Penella poseía un olfato periodístico innato para detectar qué conmovía al público. Con El gato montés, el compositor supo destilar el mito romántico de la España de bandoleros y toreros despojándolo de la caricatura exterior para insuflarle una dignidad trágica sobrecogedora, equiparable a la Carmen de Bizet.

Un triángulo de amores, celos y muertes

El corazón de la obra late al ritmo de un triángulo amoroso maldito condenado al desastre desde el primer acorde. En el centro se encuentra Soleá, una joven gitana marcada por la fatalidad. Su corazón está dividido entre la gratitud y una pasión salvaje.

Por un lado, está Rafael Ruiz, «El Macareno», un torero en la cumbre de su carrera, joven, adinerado y profundamente enamorado de Soleá, a quien ofrece una vida de lujos y respetabilidad social. Por el otro, emerge la figura sombría de Juanillo, «El Gato Montés», un bandolero que vive proscrito en la sierra. Juanillo no siempre fue un criminal; huyó a las montañas tras cometer un asesinato por defender el honor de Soleá cuando eran adolescentes. Él es su primer amor, un vínculo inquebrantable sellado con sangre.

El drama detrás del escenario

El drama estalla cuando los dos rivales se enfrentan cara a cara antes de una corrida crucial. La tensión entre el orden social que representa el torero y la marginalidad indómita del bandolero precipita los acontecimientos. Penella despliega aquí su maestría: la plaza de toros se convierte en un coliseo romano donde la superstición y los malos presagios flotan en el aire. Rafael, descentrado por los celos y un enfrentamiento previo con Juanillo, sufre una cogida mortal en el ruedo. Al conocer la trágica noticia de la muerte del diestro, Soleá cae fulminada, muriendo de pura pena en la propia plaza.

La muerte de la joven desata la última fase de la tragedia, bastante resumida en la actual versión. Destrozado y sin razones para seguir huyendo, Juanillo rescata el cadáver de su amada y se refugia en su guarida de la sierra. Perseguido por los fusiles de la Guardia Civil y completamente acorralado, el bandolero elige su propio final: pide a uno de sus hombres que le dispare antes de caer en manos de la ley, prefiriendo la muerte antes que perder su libertad.

El reto del libreto: pendientes de los letreros

Uno de los aspectos más singulares y polémicos de esta producción es, sin duda, el tratamiento lingüístico que Manuel Penella imprimió al libreto. En su búsqueda de un realismo absoluto, el compositor escribió los textos reproduciendo de manera literal una fonética andaluza extremadamente cerrada y arcaica.

Esta fidelidad histórica al habla de la época introduce un elemento curioso e inesperado para el espectador de hoy: la necesidad casi obligatoria de mantener la vista fija en las pantallas de subtitulado del teatro. Escuchar cantar términos modificados por la contracción y el ceceo andaluz decimonónico, entrelazados con la exigencia técnica del canto de ópera, levanta una barrera idiomática que, paradójicamente, obliga a tratar el texto casi como si fuera un idioma extranjero. Un detalle que añade color y autenticidad a la representación, pero que también exigirá al público del Teatro de la Zarzuela un extra de atención para no perderse ni un ápice de este dramón de sangre y arena.

Hay otros aspectos discutibles como la pobreza de escenario, algo bastante habitual en muchas otras obras, y la presencia durante toda la representación de varios «hombres de negro» (en este cado de gris), muy encorbatados y a la moda del siglo XXI que no se sabe muy bien cuál es su papel.

El Teatro de la Zarzuela no solo recupera una obra musicalmente impecable; devuelve a la actualidad un espejo de pasiones humanas universales vestidas con el ropaje de nuestra propia historia lírica. Una cita imprescindible para recordar que, bajo el abrigo del pasodoble, late el corazón herido de una gran ópera.

Más información y venta de entradas: https://teatrodelazarzuela.mcu.es/es/

  • Enrique Sancho
  • Fotos: Carmen Cespedosa