La segunda jornada del Resurrection Fest 2026 elevó la temperatura con unos Angelus Apatrida descomunales, el peso histórico de Iron Maiden y un cierre demoledor de Anthrax en el Main Stage.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
El segundo día del Resurrection Fest 2026 ya fue otra cosa. Después de una primera jornada vivida a contrarreloj, con llegada accidentada, parkings imposibles y esa sensación de aterrizar tarde en mitad de una avalancha, el jueves permitió empezar a mirar el festival con algo más de calma, la suficiente como para entender mejor el pulso de esta edición.
El pueblo amaneció ya tomado por el Resu. Coches en cada hueco razonable y en alguno no tan razonable, colas en supermercados, grupos de gente desayunando tarde con cara de haber dormido poco, camisetas de Iron Maiden por todas partes y una circulación peatonal que parecía tener sus propias normas. Viveiro no acoge el festival, durante estos días se convierte en él. Las calles, los bares, las rotondas, los parkings, las aceras y hasta las zonas más alejadas del recinto forman parte de una misma criatura enorme, ruidosa y felizmente desordenada.
El jueves tenía un nombre escrito en mayúsculas, Iron Maiden. Eso se notaba desde primera hora. Había expectación de gran cita, de esas que atraen tanto al público habitual del festival como a generaciones enteras de heavies que no iban a faltar a una fecha así. La jornada, sin embargo, tuvo mucho más recorrido que el momento Maiden. Antes y después hubo bandas que ayudaron a explicar por qué el Resurrection Fest funciona tan bien cuando mezcla leyenda, presente y descubrimiento.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Silly Goose, entrar al día por la puerta meno previsible
La primera parada fue Silly Goose, una de esas bandas que en un festival grande pueden pasar desapercibidas para quien llega con el mapa cerrado y el plan demasiado rígido. Error. Su concierto tuvo ese punto de sacudida temprana que viene muy bien cuando el cuerpo todavía está negociando con el calor, la falta de sueño y la primera cerveza del día.
Lo suyo se mueve entre el rap rock, el nu metal, el hardcore y una actitud callejera que parece pensada para romper la distancia entre escenario y público. No fue un concierto de grandes solemnidades, ni falta que hacía. Funcionó por empuje, por descaro y por una energía muy directa. En un contexto en el que mucha gente estaba reservando fuerzas para lo que venía después, Silly Goose consiguieron levantar una respuesta bastante más viva de lo que suele verse en esas franjas tempranas.
El Desert Stage tiene algo especial cuando una banda entiende el espacio y no intenta aparentar más de lo que es. Silly Goose jugaron a favor de su propio caos, con una descarga fresca, sudorosa y sin demasiados filtros. Fue una buena manera de entrar en el jueves, sin ceremonia, sin nostalgia y con la sensación de que el festival también necesita grupos que lleguen a remover el suelo antes de que aparezcan los gigantes.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Caskets, emoción melódica para abrir el Main Stage
Después llegó el turno de Caskets en el Main Stage. La banda británica ofreció un concierto muy distinto, más apoyado en la melodía, en el metalcore emocional y en ese tipo de estribillos que buscan amplitud sin renunciar a cierta intensidad. En una jornada dominada por nombres históricos del metal, su actuación aportó un contraste interesante.
Caskets tienen una manera de construir las canciones que funciona bien en espacios grandes. Guitarras envolventes, bases contundentes y una voz que tira del componente más sentimental sin caer en el exceso. En directo transmitieron seguridad, aunque quizá el momento del día todavía no jugaba del todo a su favor. El público estaba entrando, colocándose, buscando sombras, bebidas y puntos de encuentro. Aun así, fueron ganando terreno canción a canción.
Su concierto no fue el más explosivo del jueves, pero sí dejó buenas sensaciones. En un festival tan cargado de metal extremo, hardcore, punk y nombres clásicos, se agradece que haya hueco para propuestas que trabajan la intensidad desde otro lugar. Caskets cumplieron con oficio y dejaron claro que su crecimiento no es casualidad.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Angelus Apatrida, el thrash español está otra liga
Lo de Angelus Apatrida fue una barbaridad. Así, sin rodeos. Hay conciertos que se pueden analizar con distancia y otros que obligan a escribir todavía con la adrenalina subida. El de los albaceteños pertenece al segundo grupo. Salieron al Main Stage con una autoridad tremenda, como si no estuvieran ocupando una franja previa al gran cabeza de cartel, sino reclamando un sitio que llevan años ganándose riff a riff.
Angelus Apatrida son, a estas alturas, una de las bandas de thrash metal más fiables, feroces y en forma del mundo. Y lo del jueves en Viveiro fue una demostración de poder. Sonaron compactos, veloces, potentes y con una conexión brutal con el público. No estamos hablando de una banda nacional cumpliendo expediente antes de los grandes nombres internacionales. Al contrario, durante su concierto, el Main Stage tuvo pulso de acontecimiento, igual que sucedió el año pasado.
La discusión sobre el Big Four del thrash siempre vuelve de una forma u otra, casi como un juego de bar entre metaleros. Pero después de ver a Angelus Apatrida en un escenario así, dan ganas de proponer una reforma urgente del concepto. O se amplía el invento a Big Five, o alguien tendrá que explicar muy bien por qué una banda que lleva años facturando discos y directos de este nivel no merece aparecer en esa conversación contemporánea. Y si para hacer sitio hay que abrir el melón de Dave Mustaine, se abre. Sin miedo. Con cariño histórico, pero se abre.
Lo importante es que Angelus Apatrida tocaron como una apisonadora. Guillermo Izquierdo ejerció de líder con la naturalidad de quien sabe que tiene una banda en estado de gracia detrás. Las guitarras cortaban, la batería empujaba como un motor sin descanso y el público respondió con circle pits, wall of death incluído, puños en alto y esa alegría cafre que solo aparece cuando el thrash está bien tocado, bien entendido y bien sentido.
Fue uno de los conciertos del día. No “uno de los conciertos nacionales del día”. Uno de los conciertos del día, punto. Angelus Apatrida estuvieron enormes y confirmaron que su sitio ya no se mide por procedencia, sino por nivel.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Iron Maiden siempre son Iron Maiden
Con Iron Maiden el ambiente cambió por completo. Se notaba en la densidad del público, en el movimiento hacia el Main Stage, en las camisetas, en las conversaciones y en esa electricidad especial que acompaña a las bandas que ya no pertenecen solo a la música, sino a la memoria colectiva de varias generaciones. Maiden no son simplemente un grupo grande, son una institución, una liturgia, una manera de entender el heavy metal que ha marcado a millones de personas.
El comienzo, sin embargo, no fue perfecto. Sonaron regulín en los primeros compases, con una mezcla que no terminaba de asentarse y cierta sensación de que el concierto necesitaba unos minutos para encontrar su sitio. No fue un arranque de esos que te agarran inmediatamente por el cuello. Además, el horario tampoco ayudó. Ver a Iron Maiden empezar de día tiene algo extraño. Una banda con semejante imaginario visual, con un espectáculo pensado para crecer en la oscuridad, pierde parte de su impacto cuando todavía hay luz natural sobre el recinto.
Ese detalle no es menor. Maiden son canciones, por supuesto, pero también escenografía, luces, fondos, dramatismo, Eddie, teatro heavy metal y esa estética que se vuelve mucho más poderosa cuando la noche cae por completo. A las 20:50, en pleno julio gallego, el concierto empezó con demasiada claridad en el cielo. No arruina nada, pero desluce. Y en una banda de este tamaño, donde cada elemento forma parte del conjunto, se nota.
Pero luego ocurrió lo que suele ocurrir con Iron Maiden. Poco a poco fueron haciendo lo que saben. El sonido se fue colocando, la banda fue creciendo, Bruce Dickinson empezó a dominar la escena con esa mezcla de oficio, carisma y resistencia física que sigue siendo asombrosa, y el concierto fue tomando cuerpo hasta convertirse en lo que todos habían ido a buscar. Maiden pueden tener noches mejores o peores, arranques más finos o menos finos, pero poseen algo que no se compra ni se improvisa, autoridad histórica.
La gira Run For Your Lives tiene un peso simbólico especial, y en Viveiro se vivió como una celebración de su legado. Steve Harris mantuvo ese pulso reconocible, las guitarras fueron ocupando espacio, Nicko McBrain ya no está en la batería, pero el repertorio y la identidad de la banda siguen sosteniendo un edificio que parece diseñado para resistirlo todo. El público cantó, levantó brazos, acompañó melodías y convirtió el recinto en una ceremonia masiva de heavy metal clásico.
Iron Maiden son los mejores en lo suyo porque se lo han ganado durante décadas. No por inercia, ni por nostalgia barata, ni por simple tamaño de logo en el cartel. Lo son porque han construido un lenguaje propio, porque sus canciones siguen funcionando en espacios enormes y porque incluso cuando el concierto empieza con alguna costura visible, terminan imponiendo su ley. En Viveiro no ofrecieron necesariamente el concierto más redondo que se les pueda recordar, pero sí uno de esos que recuerdan por qué siguen siendo un grupo icónico y de culto a la vez, algo al alcance de muy pocos.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Anthrax, una lección de energía a medianoche
Después de Iron Maiden, la noche podía haberse venido abajo por pura lógica. Cuando una leyenda de ese tamaño abandona el escenario, siempre existe el riesgo de que el resto parezca epílogo. Pero Anthrax no salieron a completar la jornada, salieron a quemarla.
Lo de los neoyorquinos fue inmenso. Un concierto directo, potente, divertido, agresivo cuando tenía que serlo y con esa sensación de banda veterana que no se limita a administrar catálogo. Anthrax tocaron como si todavía tuvieran algo que demostrar, y esa es una de las mejores cosas que se puede decir de un grupo con tanta historia encima.
Scott Ian sigue siendo una presencia magnética, una máquina de riffs con barba y gesto de no estar allí para perder el tiempo. Joey Belladonna, por su parte, volvió a demostrar que su papel en la identidad de Anthrax es fundamental. Su voz, su manera de moverse y su conexión con el público aportan a la banda un punto de celebración que la diferencia de otras formaciones de thrash más severas o más sombrías.
El concierto tuvo pegada desde el inicio y mantuvo el nivel con una facilidad insultante. Había cansancio en el recinto, claro. Veníamos de muchas horas de música, de caminar, de calor, de colas, de comer cuando se puede y de beber agua cuando uno se acuerda. Pero Anthrax consiguieron que la madrugada pareciera una segunda oportunidad para empezar el día. Los pogos volvieron a abrirse, las cabezas volvieron a moverse y el Main Stage recuperó una energía salvaje después de la ceremonia Maiden.
Si Iron Maiden fueron historia, Anthrax fueron descarga. Si Maiden apelaron al mito, Anthrax apelaron al cuerpo. Y bendito contraste. Porque el jueves necesitaba exactamente eso, que después de la gran misa heavy alguien subiera a recordarnos que el thrash también puede ser fiesta, músculo, sudor y sonrisa torcida.
Fueron increíbles. Sin matices innecesarios. Una banda enorme en un estado de forma magnífico, capaz de hacer que una hora complicada pareciera el centro de la noche. Anthrax no vivieron de su nombre, lo justificaron.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Un jueves de jerarquías, debates y mucha vida
La segunda jornada del Resurrection Fest 2026 dejó una lectura muy clara, el festival funciona porque no depende de un único tipo de emoción. Silly Goose aportaron desorden y frescura. Caskets pusieron melodía e intensidad moderna. Angelus Apatrida reventaron cualquier complejo y firmaron una actuación de categoría internacional. Iron Maiden ejercieron de monumento vivo del heavy metal, incluso con un arranque mejorable y un horario que no favoreció su despliegue visual. Anthrax cerraron el círculo con un concierto gigantesco, lleno de energía y oficio.
El ambiente acompañó en todo momento. Viveiro siguió hasta arriba, con esa mezcla de agotamiento y felicidad que solo tienen los festivales cuando ya han entrado en velocidad de crucero. El recinto se movía entre mareas de gente, encuentros improvisados, carreras entre escenarios, colas asumidas y conversaciones en las que cada uno defendía su concierto favorito como si estuviera discutiendo una cuestión de Estado.
El Resurrection Fest 2026 vivió en su segundo día una de esas jornadas que resumen bien su identidad. Bandas jóvenes con hambre, nombres en crecimiento, orgullo nacional sin complejos, leyendas absolutas y veteranos capaces de tocar como si la noche todavía les perteneciera. Al final, entre el polvo, las camisetas sudadas, los riffs y las caminatas de vuelta, quedó una certeza bastante sencilla, cuando Viveiro junta a Angelus Apatrida, Iron Maiden y Anthrax en una misma tarde-noche, el cansancio pasa a ser un problema secundario.
Más información: https://www.resurrectionfest.es





