Más de 140.000 asistentes, 100 bandas, cuatro escenarios y una colección de conciertos memorables consolidaron al Resurrection Fest Estrella Galicia 2026 como la edición más grande de su historia y uno de los grandes acontecimientos europeos del rock y el metal.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Hay festivales que se miden por su cartel, otros por sus cifras y algunos, los menos, por la cantidad de momentos que uno sigue ordenando mentalmente varios días después de volver a casa. El Resurrection Fest Estrella Galicia 2026 pertenece ya a esa última categoría. La edición más grande de su historia no fue solo una cuestión de números, aunque los números sean apabullantes. Más de 140.000 asistentes, 100 bandas, cuatro escenarios, una jornada de jueves convertida en el día de mayor afluencia de público de toda la trayectoria del festival y un impacto global estimado por la organización en más de 110 millones de euros.
Todo eso importa. Y mucho. Pero quien haya pasado estos cuatro días en Viveiro sabe que el verdadero tamaño del Resurrection Fest 2026 se explica mejor de otra manera, en la cantidad de camisetas de Iron Maiden avanzando hacia el Main Stage, en los pogos descomunales de Limp Bizkit, en el respeto casi religioso ante Testament o los hermanos Cavalera, en ver a Angelus Apatrida en el Olimpo, en la master class de Anthrax, en la perfección musical de Mastodon o en el teatro oscuro de Marilyn Manson.

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Viveiro volvió a estar a la altura. Es verdad que hubo momentos de dificultad para aparcar, pero el pueblo asumió el desembarco festivalero con una naturalidad que sigue siendo parte esencial del milagro. No hubo sensación de colapso, sino de convivencia. Viveiro sabe lo que se le viene encima cada verano y el público también ha aprendido a habitarlo. Caminatas, paciencia, horarios, encuentros improvisados, bares llenos, desayunos tardíos, noches largas y esa educación no escrita que permite que decenas de miles de personas ocupen durante cuatro días un entorno pequeño sin que la experiencia pierda humanidad.
El Resurrection Fest ya no es solo un festival de música. Es una ciudad temporal levantada sobre guitarras, barro seco, sudor, cerveza, conversaciones con desconocidos y una comunidad que ha hecho de Viveiro una referencia europea del rock, el metal, el punk, el hardcore y todas sus derivaciones. La organización insiste en que el festival sigue siendo un proyecto hecho a mano por amantes de la música para amantes de la música, y esa frase, que podría sonar promocional en cualquier otro contexto, aquí tiene bastante sentido. Porque por grande que se haya hecho, el Resu conserva algo de encuentro familiar gigantesco. Una familia ruidosa, tatuada, agotada y feliz.

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Una edición de récord, pero también de conciertos
Los datos oficiales hablan de más de 1.500 empleos directos, más de 4.000 indirectos, una repercusión socioeconómica superior a los 50 millones de euros y un impacto mediático por encima de los 60 millones. Son cifras que explican por qué Resurrection Fest Estrella Galicia es ya un motor cultural y económico para Viveiro, A Mariña, la provincia de Lugo y Galicia. Pero la grandeza de esta edición no estuvo solo en su dimensión empresarial, sino en el equilibrio entre nombres históricos, bandas contemporáneas, descubrimientos y conciertos que, por distintos motivos, quedarán asociados a esta edición.

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El miércoles sirvió como entrada en materia, aunque para nosotros empezara con una llegada algo accidentada y más tarde de lo previsto. El festival ya estaba en marcha cuando pisamos el recinto, pero bastaron unos minutos para entender que la edición venía fuerte. A Day To Remember ofrecieron una descarga muy efectiva, mezclando metalcore, pop punk y estribillos de estadio con la soltura de una banda que sabe convertir el caos en celebración. No era una propuesta menor dentro del cartel, su primera aparición en Viveiro funcionó como una fiesta de bienvenida para una generación que ha crecido con ese cruce entre melodía, breakdowns y energía juvenil.

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Sabaton pusieron el aparato. La banda sueca liderada por Joakim Brodén llegó con su maquinaria de power metal bélico perfectamente engrasada. Escenografía, fuego, épica, coros multitudinarios y esa manera tan suya de convertir cada canción en una postal de guerra de alto presupuesto. Puede gustar más o menos su fórmula, pero en un festival grande funciona con una eficacia innegable. Después, Testament dieron el cierre más puramente thrash de la jornada, con Chuck Billy al frente y la sensación de estar viendo a una banda que no necesita demostrar nada porque todo lo demuestra tocando. A esas horas, quedarse hasta el final tuvo premio.

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El jueves de Iron Maiden, pero también de Angelus Apatrida y Anthrax
El segundo día tenía un nombre inevitable, Iron Maiden. Y se notaba desde primera hora. Viveiro se llenó de Eddies, camisetas clásicas, parches, chalecos y generaciones completas de seguidores que acudían no solo a un concierto, sino a una ceremonia. Maiden son eso, una institución. Una de esas bandas que ya no pertenecen únicamente al heavy metal, sino a la historia cultural de millones de personas.
Su concierto empezó con el sonido algo regulero y con un horario que no les favorecía demasiado. Ver a Iron Maiden arrancar de día le resta parte de la magia visual a una banda que para nada tiene miedo a la oscuridad. Una banda que vive también de luces, fondos, teatralidad, cambios escénicos y de ese universo propio que crece cuando cae la noche. Pero incluso cuando el inicio no es perfecto, Iron Maiden tienen algo que muy pocos poseen, autoridad. Bruce Dickinson fue creciendo, Steve Harris sostuvo el pulso clásico, las guitarras fueron encontrando su sitio y el concierto acabó recordando por qué siguen siendo los reyes de su territorio. No fue quizá la noche más redonda que se les pueda imaginar, pero sí otra demostración de grandeza ganada a pulso.

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Ahora bien, el jueves no fue solo Iron Maiden. De hecho, uno de los grandes nombres de toda la edición fue Angelus Apatrida. Los albaceteños salieron al Main Stage como una auténtica apisonadora. Guillermo Izquierdo, David G. Álvarez, José J. Izquierdo y Víctor Valera dieron una lección de thrash metal contemporáneo. Una barbaridad de bolo, con sonido, actitud, precisión y un público completamente entregado.
Angelus Apatrida son una de las grandes bandas europeas del género, y si el viejo Big Four del thrash se queda pequeño o demasiado intocable, quizá va siendo hora de ampliar la mesa por justicia. Angelus Apatrida llevan años acumulando méritos para ser tratados como una banda de primera división internacional.

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Y luego estuvo Anthrax. Inmensos. Scott Ian, Joey Belladonna, Frank Bello, Charlie Benante y Jonathan Donais firmaron una actuación tremenda, llena de energía, oficio y alegría thrash. Después de Iron Maiden podían haber parecido un epílogo, pero salieron a morder. Anthrax tienen esa virtud que los diferencia de otras bandas históricas del género. Son agresivos, sí, pero también contagiosamente divertidos. En Viveiro demostraron que siguen teniendo músculo, repertorio y una conexión fantástica con el público. Fue uno de los conciertos más disfrutables del festival.

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El viernes de Limp Bizkit fue un concierto que se convirtió en leyenda
El viernes fue el día en que todo se desordenó de la mejor manera posible. Hubo muy buenos conciertos antes y después, pero el Resurrection Fest 2026 tendrá que convivir durante mucho tiempo con una evidencia. Limp Bizkit firmaron uno de esos bolos que pasan inmediatamente a la memoria colectiva del festival. Para muchos, y desde luego para quien escribe estas líneas, fue el concierto de la edición.
Lo más curioso es que no partía como favorito personal. Limp Bizkit no eran mi grupo, ni el nu metal mi territorio natural. Pero lo que ocurrió en el Main Stage no tuvo ningún sentido. Y precisamente por eso fue perfecto. Fred Durst apareció en un estado de gracia absoluto. Simpático, atento, divertido, con una voz sorprendentemente sólida y una capacidad brutal para leer a la multitud. No se limitó a cantar. Dirigió una fiesta gigantesca.

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Wes Borland volvió a parecer un ser llegado de otra dimensión, con esa mezcla de guitarrista, criatura de cómic oscuro y generador de riffs imposibles de sacar de la cabeza. En el bajo, Richie «Kid Not» Buxton asumió el papel de directo tras la muerte de Sam Rivers, miembro fundador y pieza esencial en el sonido de la banda. El recuerdo a Rivers fue uno de los momentos emotivos de una noche que, aun siendo pura celebración, también tuvo espacio para la memoria.
La idea de proyectar las letras para que todo el mundo pudiera cantar fue sencillísima y genial. El Main Stage se convirtió en un karaoke monstruoso atravesado por pogos, saltos, bailes, empujones y sonrisas. Fred Durst subió a una chica del público a cantar, luego a otra que cumplía 18 años, paró un tema porque le estaban llamando la atención por el tiempo y lo retomó con naturalidad desde el segundo estribillo, como si aquello formara parte del guion y, al mismo tiempo, no pudiera estar menos planeado.
Fue una locura colectiva. Los pogos más brutales del festival, la gente bailando como si se hubiera abierto una compuerta, el sonido perfecto y una conexión difícil de explicar sin parecer exagerado. Limp Bizkit no ganaron por nostalgia. Ganaron porque hicieron feliz a una multitud. Porque convirtieron Viveiro en una fiesta absurda, enorme, cariñosa y salvaje. No hay muchos conciertos capaces de hacer eso.

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Ese viernes también dejó otros momentos muy potentes. Hulder, el proyecto liderado por Marliese Beeuwsaert, fue una de las grandes sorpresas personales. Su black metal sonó brutal, oscuro, con una presencia escénica tremenda y una capacidad hipnótica para imponer atmósfera sin necesidad de discursos. Beeuwsaert dominó el Ritual Stage con una frialdad y una intensidad que la convirtieron en una de las figuras más impactantes de la jornada.
Trivium estuvieron muy bien, con Matt Heafy al frente animando en todo momento y una banda en plena forma. Lo suyo fue metal moderno de alto nivel, con técnica, melodía, agresividad y oficio festivalero. Y Cavalera Conspiracy cerraron la noche revisitando Chaos A.D., con Max e Iggor Cavalera activando una nostalgia inevitable para quienes descubrimos ahí una parte esencial del metal. Fue emocionante verles juntos, aunque también quedó la sensación de que la Sepultura actual con Derrick Green y Andreas Kisser maneja hoy un espectáculo más potente y más cuidado. Aun así, la carga histórica y emocional de los Cavalera fue innegable. Para muchos de nosotros, con ellos empezó todo.

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El sábado, Hamlet reivindicó historia, Mastodon rozó la perfección y Marilyn Manson recuperó el mito
La última jornada llegó con el cuerpo castigado, pero con un cartel que obligaba a reservar energía. El sábado tuvo una virtud enorme, no dependió únicamente de los dos nombres finales. Hubo recorrido, matices y conciertos que ayudaron a construir un cierre muy poderoso.
Hamlet fueron uno de los grandes momentos de la tarde. Ya les habíamos visto hace poco en Espacio Vías y sabíamos que estaban en un estado de forma tremendo, pero lo del Main Stage confirmó que merecían ese lugar. La banda madrileña, con J. Molly al frente, Luis Tárraga en la guitarra, Paco Sánchez a la batería, Álvaro Tenorio al bajo y Ken HC completando el bloque, sonó potentísima. Conservan ese sonido noventero brutal sin parecer congelados en el tiempo. Han envejecido como el buen vino, más sólidos, más precisos y con la misma tensión física que les convirtió en una banda icónica dentro del metal español.
Molly sigue siendo una bestia escénica. Se mueve, grita y empuja con una intensidad que no tiene nada de impostada. Hamlet no fueron una concesión a la escena estatal ni una aparición nostálgica. Fueron una banda enorme defendiendo su sitio con canciones, sonido y actitud. Ojalá más grupos nacionales recibieran ese tipo de espacio cuando lo merecen, porque Hamlet demostraron que pueden sostenerlo sin problema.

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Imminence también dejaron una impresión fantástica. Los suecos, con Eddie Berg combinando voz y violín, ofrecieron una de las propuestas más personales del sábado. Su metalcore emocional gana mucho en directo. Hay dramatismo, elegancia, partes duras y una sensibilidad melódica que no cae en lo obvio. Sonaron muy bien y dejaron claro que su sitio en festivales grandes está más que justificado.
Hand of Juno, con Melissa Bruschi al frente, fueron otra parada interesante. Industrial metal, electrónica oscura, presencia escénica fuerte y una voz con muchísima personalidad. Agresiva, dulce y rasgada, con textura y con ese punto de amenaza que hace que una banda tenga identidad propia desde el primer impacto. P.O.D., por su parte, aportaron groove, carisma y una descarga mucho más disfrutable de lo esperado. Sonny Sandoval sigue siendo un frontman cercano y eficaz, Marcos Curiel mantiene el peso guitarrero del grupo y temas como Boom, Alive o Youth of the Nation siguen conectando porque pertenecen a una época, sí, pero también porque funcionan.

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Y entonces llegaron Mastodon y Marilyn Manson, los dos grandes dilemas del último día. Elegir entre ambos como concierto del sábado resulta complicado porque jugaron a cosas muy distintas. Mastodon fueron música en estado mayúsculo. Una banda brutal, perfecta en su terreno, capaz de levantar una arquitectura de sludge, progresivo, psicodelia, metal pesado y emoción oscura con una naturalidad insultante.
Troy Sanders, Brann Dailor, Bill Kelliher y Nick Johnston defendieron una nueva etapa marcada inevitablemente por la ausencia de Brent Hinds. No es fácil habitar ese hueco, pero Mastodon lo hicieron con una solvencia impresionante. Brann Dailor volvió a demostrar que es uno de los baterías más singulares del metal moderno, cantando y tocando estructuras imposibles con una naturalidad casi absurda. Troy Sanders sostuvo esa gravedad vocal tan suya y la banda sonó enorme, técnica sin frialdad, pesada sin perder matiz, compleja sin dejar de arrastrar al público. Fue uno de los conciertos musicalmente más perfectos de todo el festival.

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Marilyn Manson fue otra cosa. Fue icono, personaje, teatro y repertorio. Brian Warner apareció en Viveiro en muy buena forma, mucho mejor de lo que quizá algunos esperaban. Repasó grandes hits, defendió sus temas con presencia, cuidó los cambios de vestuario y levantó un espectáculo visual muy sólido. Su salida con zancos y muletas fue puro Manson. Imagen potente, gesto teatral y ese punto entre lo grotesco, lo decadente y lo glam que le convirtió en una figura central del rock industrial y alternativo de los noventa.
Además, hay algo que Manson sigue haciendo como pocos, apropiarse de las versiones. Cuando lleva una canción ajena a su terreno, la retuerce, la ensucia y la convierte en parte de su propio universo. En Viveiro recordó que, más allá de controversias, desgaste o altibajos, sigue siendo un personaje con una presencia escénica difícil de replicar. No fue mejor que Mastodon, pero fue icónico. Y a esas alturas del festival, eso también pesa mucho.

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Los ganadores de un Resurrection descomunal
Si el Resu fuese el mundial, creo que Limp Bizkit ganó a Iron Maiden en los penaltis en una final histórica. Sí, si hubiera que ordenar los grandes momentos de esta edición desde una mirada personal, Limp Bizkit ocuparían el primer lugar. No por afinidad previa ni por estilo, sino por impacto real. Fue el concierto más gigantesco, el que mejor conectó con el público y el que dejó esa sensación de «yo estuve allí» que no se fabrica.
Después habría varios nombres peleando muy arriba. Angelus Apatrida por orgullo, potencia y verdad. Anthrax por energía, oficio y alegría thrash. Mastodon por perfección musical. Marilyn Manson por espectáculo e icono. Iron Maiden por historia, repertorio y autoridad. Ese es quizá el gran logro del Resurrection Fest 2026, cada día tuvo su propia personalidad y sus propios vencedores. El miércoles fue una toma de contacto intensa. El jueves reunió el peso histórico de Iron Maiden con la contundencia de Angelus Apatrida y Anthrax. El viernes quedó marcado por la locura irrepetible de Limp Bizkit, pero también por la oscuridad de Hulder y la solvencia de Trivium. El sábado cerró con Mastodon y Marilyn Manson elevando el listón desde lugares completamente distintos.

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Un festival que crece sin perder el pulso
Resurrection Fest nació en 2006 y, veinte años después, sigue creciendo sin parecer un producto despegado de su público. Esa es una de sus mayores fortalezas. Ha batido récords, ha superado incluso los registros de la edición histórica del 20º aniversario de 2025 y se ha consolidado como el mayor festival de rock de España y uno de los referentes absolutos de Europa. Pero sigue conservando algo muy reconocible, la sensación de comunidad.
El público volvió a ser parte fundamental del éxito. Gente llegada de muchísimos lugares, generaciones distintas conviviendo sin fricción, respeto en los conciertos, ayuda cuando hacía falta, pasión compartida y una manera de vivir la música que explica por qué el festival no se limita a programar bandas. El Resu convoca una forma de estar en el mundo durante cuatro días.

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También hay que reconocer el trabajo de Bring The Noise, del Ayuntamiento de Viveiro, la Diputación de Lugo, la Xunta de Galicia, Estrella Galicia y todo el tejido de colaboradores, proveedores y empresas que hacen posible que algo así funcione en un entorno como este. Desde fuera es fácil quedarse solo con los grandes nombres del cartel, pero sostener una edición sin incidencias reseñables, con semejante volumen de público y con una repercusión económica y mediática de este calibre exige una maquinaria muy seria detrás.
Por supuesto, siempre habrá cosas mejorables. En un festival de estas dimensiones las hay inevitablemente. Movimientos de público, tiempos entre escenarios, zonas de aparcamiento, solapes dolorosos y esos detalles logísticos que cada asistente vive según su ruta, su horario y su resistencia. Pero la sensación general de esta edición fue muy positiva. Viveiro pudo con el festival, el público respondió y la programación dejó momentos de altísimo nivel.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
El Resurrection Fest Estrella Galicia 2026 ha cerrado su edición más grande, pero sobre todo ha cerrado una edición con alma. Una de esas que no se recuerdan solo por el cartel impreso, sino por escenas concretas. Fred Durst subiendo gente al escenario y alargando una fiesta imposible, Bruce Dickinson llevando a Iron Maiden de menos a más, Angelus Apatrida consolidando su sitio entre los grandes, Anthrax convirtiendo la madrugada en una celebración thrash, Marliese Beeuwsaert imponiendo oscuridad con Hulder, J. Molly demostrando que Hamlet siguen siendo una bestia, Mastodon tocando como una banda de otro planeta y Marilyn Manson recordándonos que el rock también necesita monstruos escénicos.
Al final, uno vuelve de Viveiro cansado, con el sueño roto, la ropa castigada y demasiados conciertos en la cabeza. Pero también vuelve con la certeza de haber asistido a algo importante. No solo a una sucesión de actuaciones, sino a una edición que confirma que el Resurrection Fest ya juega en una liga enorme sin renunciar a su identidad.
La organización ya trabaja en Resurrection Fest Estrella Galicia 2027. Después de lo vivido en 2026, no queda otra que mirar al año que viene con una mezcla de curiosidad, respeto y una pregunta inevitable: ¿cómo van a superar esto?
Más información: https://www.resurrectionfest.es/
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