Versión clásica

De Fernando II a Alfonso IX

Los restos de Fernando fueron finalmente trasladados a Compostela, por orden de Alfonso que deseaba cumplir los deseos de su padre.

Fernando II de León

Sepulcro de Fernando II de León en la Capilla Real de la Catedral de Santiago de Compostela

.

El día 22 de enero de 1188 fallecía, en Benavente, Fernando II el Noble, rey de León, y con esta fecha comienzan una serie de acontecimientos del mayor interés para el Reino. Algunos son mundialmente conocidos, a pesar de la envidia y la maledicencia de los de siempre.

Fernando II de León (Museo del Prado)

Fernando II de León. Óleo de Isidoro Santos Lozano Sirgo. Museo del Prado. Cuadro depositado en el Congreso de los Diputados. Madrid

Sin embargo, por la relevancia de algunos otros hechos acaecidos en la misma década, y no muy conocidos, seguramente, por quienes nos siguen, aprovechamos la ocasión para recordarlos.

El año 1180 fue la muerte de la segunda esposa del rey, la reina Teresa Fernández de Traba, ocurrida el 6 de febrero de 1180.  Su fallecimiento se debió, como en tantas otras ocasiones, en la época, a consecuencia de una infección sobrevenida en el parto.

Señalemos que esta Teresa era hija ilegítima de Fernando Pérez de Traba, importante conde gallego y de Teresa Alfónsez, también denominada Teresa de Portugal, hija ilegítima de Alfonso VI, puesto que fue la madre del primer rey de esa parte de Hispania, desgajada del Reino de León, y que había estado casada previamente con Enrique de Borgoña.

De su primer matrimonio dejó seis hijos, y en su unión con el rey Fernando, mucho más corta, (unos tres años) tuvo uno (Fernando Fernández de León) que falleció a los 11 años y el que murió al mismo tiempo que la madre.

A recordar otro acontecimiento ocurrido en el mismo año; se reunieron en Tordesillas el rey de León, Fernando II, y el de Castilla, Alfonso I (conocido como Alfonso VIII), su sobrino, intentando, una vez más, resolver sus diferencias, especialmente en el aspecto de sus límites de influencia, y allí firmaron un nuevo acuerdo de paz que… como los anteriores, tampoco sería eterno.

En el mismo año que estamos recordando, en concreto, el 26 de julio, en Benavente, el rey confirmó a la catedral de Santiago de Compostela una serie de donaciones que había prometido años antes para sufragar los gastos que suponían la capellanía y las sepulturas reales que se encontraban en la catedral. Este documento fue utilizado, más tarde, como argumento, contra los que deseaban enterrarlo en el panteón de San Isidoro, y para confirmar que Fernando, en efecto, había pedido ser enterrado junto a su madre, en dicho lugar.

En 1881, el papa Alejandro III, de mal recuerdo por haberse inmiscuido demasiado en los asuntos del Reino de León, otorgó la denominada “gracia del año santo jubilar jacobeo”, pero de manera perpetua, a través de la denomina Bula Regis Aeterni. Con ella, Santiago de Compostela se aseguraba la riada de peregrinos que llegarían al encuentro del apóstol Santiago / Sant Yago / Saint Jacques, hasta convertirse en “la calle Mayor de Europa” y convirtiéndose en alternativa a Roma y a los Santos Lugares.

Esta distinción venía a reconocer, de hecho, la implicación del Reino de León en la aventura jacobea, puesto que fue durante los años de mayor pujanza del mismo, cuando se desarrollaría, de manera importante, el Camino, singularmente el Camino Francés. Alfonso VI es un rey paradigmático en este sentido y, naturalmente, Alfonso VII, el Emperador, el padre de Fernando II, no podía estar ausente de esa política puesto que nació en Caldas de Reis, una de las etapas más importantes del denominado Camino Portugués, en 1106.

sello de Fernando II de LeónAl Emperador se debe también, en cierto modo, el traslado de la Archidiócesis de Mérida a Compostela, en el año 1120, con el pretexto de que la dicha ciudad estaba en manos de los enemigos de la fe cristiana. Así lo entendió también el papa Calixto II y así lo solicitaba el ambicioso obispo Gelmírez, protector, en su momento de Alfonso VII, y dolor de cabeza permanente para Urraca I de León.

Ese mismo año de 1181, se produce también otro acontecimiento que, salvo para los especialistas en la época, ha pasado al más negro de los olvidos: el Concilio de Benavente. Celebrado, seguramente, en la segunda quincena del mes de marzo, servirá de base para la resolución de infinidad de pleitos que determinarían la propiedad de muchos bienes puesto que, en el mismo, se revocaron o anularon numerosas donaciones hechas por el rey Fernando, notablemente a la Orden de Santiago.

Hay que señalar, sin embargo, que ni la citada Orden perdió muchos de sus derechos, ni el Reino, en general, se vio perjudicado por ello; más bien, y por lo que se recoge en los documentos salidos del Concilio, hubo una revisión concienzuda de los casos en discusión y ello supuso una mejora del estado general de los asuntos del mismo.

Seguramente en los finales de ese mismo año 1181, Fernando comenzó su relación con Urraca López de Haro, puesto que en 1182 nació ya un niño bautizado como García y que falleció dos años más tarde.

Urraca López de Haro.

Urraca López de Haro. Reina Consorte de León. Esposa de Fernando II. Sepulcro en Museo Retablo Burgos. Fotografía: Wikipedia/Maragm

Urraca era hija del poderoso Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya y Nájera y su relación con el rey no se consolidó hasta 1187, momento en el que ella se da cuenta de que la enfermedad de Fernando II es irreversible. Intenta, de ese modo, que su hijo Sancho Fernández de León, nacido el año antes, se convierta en heredero.

El reino, naturalmente, se divide en partidarios y detractores, pero la reina Urraca no ha sido capaz de ganarse muchos apoyos en la corte. Su razonamiento para apartar al primogénito, Alfonso, se basaba en el hecho de que el primer matrimonio de Fernando con Urraca de Portugal había sido declarado nulo por el papa, a causa de su parentesco, y, por lo tanto, en su interpretación, eso anulaba sus derechos. Consiguió, incluso, que el príncipe fuera desterrado por su padre. Y, sin embargo, no era esa la opinión mayoritaria, puesto que los hijos “de ganancia”, como se les llamó en algunos momentos, también heredaban, y la prueba era la propia costumbre de la casa real leonesa.

De cualquier modo, los asesores de Alfonso supieron jugar sus cartas y consiguieron revertir los acontecimientos que, en un principio, parecían moverse a favor de Urraca y sus intereses.

Uno de los hechos más insólitos se encuentra en el devenir de los restos del rey Fernando. Fallecido, como apuntamos al comienzo, en Benavente, Urraca López de Haro ordena su traslado al Panteón real de San Isidoro (algunos historiadores no lo afirman taxativamente), en lugar de llevarlos a la Catedral de Santiago, como había dejado dicho.

alfonso IX de León

Alfonso IX de León, hijo de Fernando II. Colección Reyes de León del Ayuntamiento de León.

La reina, con cierta lógica, suponía que si dejaba trasladar los restos allí, no podría controlar los acontecimientos posteriores, como así sucedería; pero esa misma jugada de intentar corregir la decisión real se volvería en contra suya. Su temor se encontraba en el hecho claro de que el arzobispo de Compostela, Pedro Suárez de Deza, antiguo obispo de Salamanca (1150–1206), era amigo del rey Fernando y confeso partidario del joven Alfonso.

Los restos de Fernando fueron finalmente trasladados a Compostela, por orden de Alfonso que deseaba cumplir los deseos de su padre. Así, en documento fechado el 4 de mayo de 1188, se certifica que los restos de Fernando están enterrados en la Catedral compostelana, donde entraron con honores reales. En el mismo documento se insiste en se ha decidido cumplir las últimas voluntades del rey y que el heredero concede una serie de privilegios a la catedral por el alma de su padre y por la suya propia. Para su entierro habían de pasar aún 42 años y muchos aconteceres en la vida de un joven rey que iba a cambiar el destino de los tiempos aquel mismo año.

Por primera vez, ese mismo año, se daba voz a los que hasta ese momento no la habían tenido y, a pesar de añagazas e interpretaciones torticeras, los “hombres buenos” del Reino harían algo más que ser testigos mudos de los compromisos de una boda… que al final ni se cumpliría. Forzarían la declaración de unos “Decreta” que iluminarían a los súbditos del Reino de León en la interpretación de unas leyes justas e iguales para todos, algo que no existía en ninguna parte de Europa.

En resumen, y por primera vez en la historia del mundo, el rey se situaba por debajo de la ley. Y eso tuvo que ser aquí, en la urbe regia y capital imperial, en León, no en un pueblucho perdido ni en una capital con un reloj muy grande que sigue pregonando su mentira.

Como alguien dijo una vez: “Hay tres cosas que salen siempre: el Sol, la Luna y la verdad”.

Texto: Hermenegildo López González