Versión clásica

Las desconocidas Reinas de León (XI): La Reina Costanza de Borgoña (1046 – 1093)

Nos encontramos cuando se casa con nuestro Alfonso VI ante una mujer  de unos 33 años, ya viuda de un primer marido, Hugo II de Chalón que había muerto en una cruzada en Hispania.

tumbas reales Alfonso VI Rey de León

Tumba de las mujeres de Alfonso VI en el monasterio la Santa Cruz de Sahagún. Fotografía: Martínezld

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La segunda de las esposas de Alfonso VI fue Constanza de Borgoña, hija de Roberto I de Borgoña y de Hélie de Semur, hermana esta del gran abad de Cluny, San Hugo. Su familia era de las más linajudas de Francia: su abuelo, Roberto II el Piadoso, y uno de sus hermanos, Enrique de Borgoña, el Doncel (ya que murió muy joven), sería el padre de los duques Hugo I y Eudes que intervinieron en España; el primero a favor del rey de Aragón, y el segundo ayudando a Alfonso VI en la conquista de Toledo. Otro sobrino de Constanza y hermano de los anteriores, Enrique de Borgoña, casará con Teresa (hija de Alfonso VI, habida fuera de sus matrimonios) y serán los padres del primer monarca portugués, Alfonso Enríquez.

Constanza de Borgoña (1046-1093) fue reina consorte de LeónAdemás de lo dicho, era cuñada de Guillermo el Conquistador, el primer rey normando de Inglaterra, por su matrimonio con Adela de Francia o Adela de Flandes, hermana de Constanza.

En este caso nos encontramos, no ante una mujer muy joven, como Inés, sino frente a una de unos 33 años, ya viuda de un primer marido, Hugo II de Chalón que había muerto en una cruzada en Hispania, y contrajo matrimonio con Alfonso en los finales del año 1079. Su primer diploma firmado con el soberano data del 8 de marzo de 1080. No está muy clara la cuestión de sus hijos; es cierto que, al menos, tuvo una hija, Urraca que sucederá a su padre en el trono. Pero también se habla de algunos más, y ciertos historiadores elevan la cifra hasta los seis, de los que cuatro morirían en vida de la reina, y le sobrevivirían, además de Urraca (nacida 1080), otra hija llamada Elvira que, nacida probablemente en 1082, debió de morir muy joven, poco después de su madre.

En sus, aproximadamente, 14 años de reinado hubo de transitar entre luces y sombras, y no nos referimos tanto a la pérdida de sus hijos, lo cual ya es una tragedia en sí mismo, sino a las continuas infidelidades del rey que se había encaprichado de una joven y bella berciana, Jimena Muñoz o Muñiz que, en 1080 le daría una hija, la futura condesa de
Portugal, Teresa Alfónsez.

En el haber de la reina podríamos colocar su gran inteligencia, su poder político y su influencia que se constata a lo largo de su vida. Como ejemplo más que evidente, encontramos el hecho de que su nombre figura en la mitad de los cuarenta y siete diplomas reales emitidos durante sus años de reinado, que aún se conservan.

Es, asimismo, innegable, aunque el proceso comenzara en época de su antecesora, su influencia a la hora de sustituir el rito hispano-mozárabe por el romano («allá van leyes do quieren reyes»), además de la consolidación en España de la importancia de la gran abadía de Cluny que gobernaba su tio san Hugo el Grande.

Uno de sus triunfos más señalados fue, sin duda, el hecho de merecer el honor de titularse reina y emperatriz de Hispania, tras cuatro siglos de dominación musulmana sobre la ciudad imperial de los visigodos.

Según todos los indicios, habría sido ella la que instituyó la fiesta de Nuestra Señora de la Paz en el momento de la dedicación al culto cristiano de la Mezquita Mayor de dicha ciudad, algo que había prohibido expresamente Alfonso antes de ausentarse de la misma, lo que le causó algunos problemas, dado que había llegado al acuerdo con la comunidad musulmana de no tocar la citada mezquita.

Con el disgusto que imaginamos de parte del gran monasterio francés y de su abad en parcular, su o, que aún la sobrevivirá 16 años (28 de abril de 1109), Constanza fallece en octubre de 1093 sin haber dejado
heredero varón.

La sombra e influencia de esta reina, sin embargo, no solo fue importante en vida, sino que se prolongaría a lo largo de mucho tiempo.

Como resultado, podemos constatar en primer lugar, el hecho de haber proporcionado sucesión al rey Alfonso: Urraca I de León, la primera reina titular en Europa. De otro lado, por el matrimonio de Urraca con el sobrino de su madre, Raimundo de Borgoña, se producirá, como siempre se ha argumentado, un cambio dinástico: la llegada a León de la casa de Borgoña, consolidada a través del hijo de ambos, Alfonso VII el Emperador. Nuestra humilde opinión al respecto sigue siendo la que
expresamos más arriba, por ejemplo, en el caso concreto de Sancha I de León; en el Reino de los Astures (Oviedo, León), es la mujer la que transmite los derechos de herencia.

Del mismo modo, no conviene olvidar que otro sobrino, Enrique de Borgoña, casado con Teresa Alfónsez, representará el embrión de la separación de lo que se denominaba el Condado de Portucale, y que se proclamará reino independiente en la figura del hijo de ambos, Alfonso Enríquez.

Durante su reinado se produce la consolidación de la influencia de los monjes de Cluny, señaladamente en los abades del cenobio de Sahagún, a través de la figura de Bernardo de Sédirac, futuro primer arzobispo de Toledo.

La larga mano de la reina Constanza se constata también en la figura de otro monje francés, Adelelmo o Lesmes (posteriormente San Lesmes) que, llegado de la abadía francesa de la Chaise-Dieu, sería nombrado prior del monasterio de San Juan de Burgos.

Durante su reinado y bajo su personal impulso, según señala el propio rey en el diploma correspondiente, con la venida de San Hugo a España (Pascua de 1090), se consolida la donación comenzada por Fernando I a la Abadía de Cluny de 1.000 áureos anuales, lo que convirtio al Reino de León en el más importante de los grandes donantes para la construcción
de la iglesia de Cluny III. Bueno es saberlo y reivindicarlo.

El documento aludido señala quizás el momento culminante del reinado de Constanza, a tres años escasos del fin de sus días y, probablemente, desde ese mismo año o el siguiente, encontramos el inicio de las relaciones de Alfonso VI con “la mora” Zaida, como veremos en su momento.

Constanza estampó su firma aún en un diploma de 2 de sepembre de 1093 y no vivía ya el 25 de octubre del mismo año. Lo sabemos porque en esa fecha el rey firma otros dos privilegios en favor del monasterio de Sahagún y, en ellos, se hace mención al fallecimiento de la reina. Se hace entrega al mismo, «por el bien de su alma» de una capilla (de la
Magdalena) y del cenobio de San Salvador de Nogal de las Huertas, situado a escasos kilómetros de Carrión, amén de una serie de propiedades de Constanza consistentes en un pequeño palacio, dotado de baños, que ella misma había ordenado construir cerca de la propia abadía sahagunina.

Como su antecesora, la reina Inés de Aquitania fue enterrada en la abadía citada, mas no merece la pena entrar ahora en los avatares sufridos por los restos de estas y otros cuerpos inhumados en Sahagún.

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