Versión clásica

Un 8 de marzo, fallecía la gran Urraca I de León, una mujer y reina adelantada a su época

Madre de Rey e hija de Rey. Su cuerpo descansa en el Panteón Real de San Isidoro de León.

El día 8 de marzo de 1126, apenas con 45 años de edad, en la villa de Saldaña, abandonaba este mundo la gran Urraca I de León, la que tuvo el privilegio de ser la primera reina titular en una nueva Europa que se venía forjando a lo largo de la Edad Media.

Había nacido el 24 de junio de 1081 y era hija de Alfonso VI y su segunda esposa Constanza de Borgoña. Está claro que los designios de la corte leonesa no cuadraban con el destino que le estaba reservado a la pequeña Urraca ya que, según marcaban las costumbres de la época, su misión en la vida pasaba por la dedicación a la vida monástica o por terminar casada con alguien que viniera a aportar algún apoyo a la familia real y por ende al propio Reino de León. Incluso fue su primer cometido pues la casaron, a la edad de 14 años, con un ya maduro Raimundo de Borgoña.

Poco sospechaba su padre que, falto de heredero varón (fallecido su único hijo, Sancho, en la Batalla de Uclés -1108- y con apenas 15 años) tuvo que dejar en manos de Urraca los destinos del reino más importante de la Península, en aquellos momentos.

No vamos a tratar aquí, no es el momento (en un par de meses apenas estará en las librerías una biografía a ella dedicada) ni quizás el lugar de enumerar los avatares por lo que hubo de transitar nuestra reina. Solo diremos que Urraca era una mujer que, quizá por el simple hecho de serlo, y como se encontraba en la cima de la pirámide social, no disfrutó de una vida fácil; incluso parecía obligada la crítica contra ella. Ni siquiera ha recibido un tratamiento de la historia, así hay que constatarlo para nuestra desgracia, acorde con lo que ella merece.

Fotografía: Martínezld

Poco se ha dicho, por ejemplo, de la niñez tan poco grata que debió sufrir la joven Urraca, la mayor de sus hermanos. Su madre había alumbrado seis hijos de los cuales cuatro murieron en vida de la propia Constanza, y Elvira, que la sobrevivió, moriría poco después que su madre. ¿No es esta una razón más para tratar de refugiarse entre los brazos y las directrices de la que debía parecer a la niña un verdadero gigante, una mujer que se había labrado una verdadera leyenda y gozaba del respeto y el cariño de todos los súbditos del reino más prestigioso de la Península? Esa era, nada menos que la defensora de los valores del Reino de León en el Cerco de Zamora, la Señora del Infantado leonés, la gran protectora de San Isidoro, su tía, la que mereció el honor de unir su nombre al del Santo Cáliz ahora expuesto como un únicum en la torre del gallo de la Real Basílica, Urraca Fredinandi, en homenaje a la cual, Alfonso había puesto el nombre a su hija mayor.

Las palabras conmueven, pero los ejemplos arrastran, como suele argumentarse y estas dos mujeres se atrevieron a ser ellas mismas y a llevar por bandera la coherencia y la libertad. Por esta razón, comenzaremos por insistir en algo que, sin embargo, parece obvio. Urraca I, a la que, a mi entender, con no demasiado buen criterio han apodado la Temeraria (temerario, según la definición del diccionario de la RAE es tanto como “imprudente, que se expone o expone a otras personas a riesgos innecesarios”) demostró ser una mujer inteligente, convencida defensora de las tradiciones y de los valores leoneses y fiada únicamente a su conciencia y responsabilidad.

La siembra que, en las leyes del reino, había representado, tanto la tradición como el propio Fuero de León (1017) de su antepasado Alfonso V, todo ello le llevaría a trascender de su condición de mujer y de las limitaciones que dicha circunstancia imponía en pleno siglo XII.

Como argumentaría, varios siglos más tarde, la gran Marie Curie, podemos imaginar a nuestra Urraca afirmando convencidamente: “Nunca he querido que por ser mujer deba tener tratos especiales. De creerlo estaría reconociendo que soy inferior a los hombres y no soy inferior a ninguno de ellos”. Como mujer inteligente que era nunca aceptó ningún tipo de limitaciones que, por serlo, trataban de imponerle.

Incluso, con sus actuaciones, y como afirmaría en el futuro Clara Campoamor, vino a decir, convendrán conmigo, “me siento Reina, incluso Emperadora (y no Emperatriz que eso lo sería la mujer del Emperador), puesto que ese título me viene por derecho de herencia, antes que mujer, y como tal debo actuar y actúo”. El mundo por montera, afirmaríamos hoy.

En aquella sociedad dominada por hombres, una mujer tenía poder en cuanto que lo tenía su marido, pero Urraca I (junto a su tía Urraca Fernández) fue una excepción… o quizá no tanto; si escarbamos un poco en la evolución de los usos, costumbres y leyes que emanaban del poder real (el Fuero de Alfonso V) podemos constatar ya avances significativos que la propia reina debe conocer y hasta revitalizar, puesto que tiene capacidad para ello. Y, después de todo, ¿qué puede importarle la opinión de los demás si ella es la Emperadora?

Precisamente por eso, por su forma de encarar los problemas, por sus innegables méritos que otros no pudieron atribuirse, por negarse a renunciar a sus derechos y por convertirse en adalid y defensora de los valores del Reino, Urraca será, no solo maltratada sino vilipendiada, hasta de manera grotesca, por romances e incluso algunos historiadores.

Pero, como se sabe, siempre ha sido más llevadero vivir con los errores propios que con los ajenos o los que nos atribuyen. En la concepción teocéntrica del momento, Urraca entendió que solo debería responder ante Dios y su propia conciencia. Incluso esa sería una de las pocas libertades que podría tener una mujer en la época. De ahí el hecho de la incomprensión de muchos de los que la rodeaban, por el simple hecho de querer ser siempre ella misma.

Y por eso nos es doblemente doloroso que, aún en nuestros días, en los que se intenta que la condición femenina cambie de una vez y para siempre, se sigan utilizando razonamientos del todo machistas para menospreciar la figura de una persona, la reina de León, que entregó su vida a una causa que, aunque no parecía corresponderle, sintió siempre como suya. Eso se llama, entre otras cosas, responsabilidad y saber asumir el papel en el que nos sitúa el gran teatro del mundo.

Pero que las historias e incluso la historia sigan encumbrando a un personaje como el que eligieron para que fuera su esposo y pudiera así heredar el reino es claramente descorazonador, si no fuera incluso vomitivo.

Alguien (Alfonso el Batallador) que se burla de su esposa, que intriga contra ella, que le hace la guerra, que atenta contra su hijo y que hasta la golpea en público, siendo como es la Reina y señora del reino más importante de la Península, no debería seguir ocupando el lugar que le atribuye la historia oficial.

No cabe en cabeza humana que eso pueda tener el más mínimo sentido ni de la equidad; ni siquiera de la normalidad. Y, sin embargo, así es; a este Alfonso se le sigue venerando, idolatrando, cantando sus “grandes” realizaciones y, por el contrario, a Urraca I, que tuvo el privilegio de ser la primera reina de los nuevos tiempos, se le siguen aplicando los mismos criterios estúpidos y sin sentido alguno de aquellos siglos oscuros.

Muchos historiadores parecen no haber salido ni de la época ni de los prejuicios de algunos de los mayores enemigos declarados de la reina: Diego Gelmírez y su cohorte de aduladores, sin olvidar, naturalmente a uno de los personajes que más daño han hecho a la historia del Reino de León, el retorcido y mendaz obispo toledano, Rodrigo Jiménez de Rada.

En una fecha como hoy fallecía una reina de León, pero, al propio tiempo, nacía una leyenda de la que no podrían sustraerse, para bien o para mal, cronistas y juglares. Ella fue la que, desde una posición nada cómoda, supo plantarle cara al futuro y hacerse cargo de la herencia de su padre Alfonso VI que fuera llamado Rey Serenísimo, Emperador y Rey de las tres culturas. Su carácter fue, sin duda, tan fuerte como sus convicciones y así se manifestó a lo largo de su vida.

Castillo de Saldaña. Fotografía: Wikipedia/Valdavia

Que la historia sepa reconocer sus valores y comience a ser, al propio tiempo, un motivo más de orgullo para nosotros los leoneses, aunque solo sea por el simple hecho del reconocimiento que debemos a quien habitó esta nuestra tierra y supo defenderla en circunstancias nada fáciles y hasta trascendiendo de su condición de mujer que tanto limitaba en la Edad Media.

Y, para terminar, una breve reflexión. Nuestra Urraca fue una mujer que ni entonces ni ahora ha dejado a nadie indiferente porque se atrevió a ser ella misma y en esa valentía debemos beber, en los momentos actuales, para no decaer en el empeño de hacer que lo nuestro, nuestra historia, nuestra cultura, nuestras realizaciones, nuestra identidad, en suma, cobren actualidad y ocupen el lugar que por derecho, como a ella misma, les corresponde.

Texto: Hermenegildo López

Fecha de inicio: 08-03-2019

Fecha fín: 08-03-2019

Lugar: panteón real de León
San Isidoro
León

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