El jueves inaugural del Z Live 2026 dejó a Evil Invaders como una de las grandes alegrías del día, mientras Opeth ofreció el concierto más elegante de la noche y Emperor vivió una actuación especial marcada por los problemas de sonido.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
El Z Live 2026 echó a andar en IFEZA con una primera jornada de claro sabor metálico, mucho contraste estilístico y una sensación bastante habitual en los festivales grandes, no siempre gana quien ocupa el tramo más alto del cartel. El jueves tenía nombres de peso, de esos que justifican viaje, pulsera y cansancio acumulado, pero también dejó una de esas actuaciones que explican por qué conviene llegar pronto y no reservar fuerzas solo para los cabezas.
La tarde arrancó con Headon, Noah Histeria y Serious Black, encargados de abrir fuego mientras el público iba entrando poco a poco en el recinto zamorano. La jornada tenía por delante una sucesión de propuestas muy distintas entre sí, desde el heavy melódico hasta el black metal histórico, pasando por el metalcore británico, el thrash más directo y el progresivo de altos vuelos. Sobre el papel, una programación variada. Sobre el terreno, una jornada con luces muy brillantes y algún borrón sonoro importante.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Evil Invaders, la descarga que puso la jornada patas arriba
El primer gran golpe serio del día llegó con Evil Invaders. Los belgas salieron con una seguridad aplastante y firmaron, probablemente, el concierto más redondo de la jornada. No solo por actitud, que les sobró desde el primer minuto, sino por sonido, pegada y una manera de entender el directo que encajó de maravilla con el formato festival.
Su thrash metal sonó afilado, veloz y tremendamente físico, pero sin convertirse en una bola ininteligible. Cada riff entraba con precisión, la base rítmica empujaba con mala idea y la banda transmitía esa sensación de estar disfrutando tanto como el público. En un cartel con nombres más grandes, Evil Invaders jugaron la baza más sencilla y, a la vez, la más difícil, salir a morder sin contemplaciones.
Fue uno de esos conciertos que no necesitan demasiada literatura para explicarse. Energía, sonido potente y una ejecución impecable. En una jornada con propuestas más ambiciosas, más históricas o más sofisticadas, los belgas recordaron que un buen concierto de thrash, cuando está bien tocado y bien sonado, puede arrasar con todo lo que se le ponga delante.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Bury Tomorrow cumplieron con solvencia
Después llegó el turno de Bury Tomorrow, que plantearon un concierto correcto, profesional y bien defendido. La banda británica tiene claro su terreno, metalcore de músculo moderno, estribillos abiertos y una dinámica pensada para conectar rápido con el público. Lo hicieron con oficio y sin grandes tropiezos.
Su actuación funcionó, especialmente entre quienes buscaban una descarga más contemporánea dentro del cartel. Hubo entrega, hubo respuesta y la banda mantuvo el tipo con solvencia. También es cierto que, colocados justo después del vendaval de Evil Invaders, su concierto dejó una impresión algo más fría. No fue una mala actuación ni mucho menos, pero sí una de esas descargas que cumplen sin terminar de llevarse la jornada por delante.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Emperor, una cita histórica lastrada por el sonido
Uno de los momentos más esperados del jueves era, sin duda, Emperor. La presencia de los noruegos en el Z Live tenía un valor especial para cualquier seguidor del black metal, más aún con la anunciada participación de Mortiis y Faust, dos nombres fundamentales en la primera etapa de la banda. Sobre el papel, era una de las actuaciones con mayor carga simbólica de toda la edición.
La pena es que el sonido no estuvo a la altura durante buena parte del concierto. En una banda como Emperor, donde la violencia, la épica y las capas instrumentales necesitan cierto equilibrio para no perder impacto, una mezcla poco clara puede marcar demasiado la experiencia. Y eso ocurrió. Hubo momentos en los que la actuación pareció pelear contra el propio sonido, con una sensación general de falta de definición que restó fuerza a un repertorio que, en otras condiciones, debería haber resultado mucho más imponente.
Aun así, la actuación fue ganando enteros en su tramo final. La aparición de Mortiis y Faust aportó el componente histórico que muchos esperaban y permitió cerrar el concierto con una sensación más satisfactoria que la que había dejado su arranque. No fue el concierto incontestable que podía imaginarse, pero sí una cita relevante por lo que representaba y por el peso de una banda que sigue ocupando un lugar singular dentro del metal extremo europeo.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Opeth, clase, sonido y el debate de siempre
Con Opeth, la jornada cambió por completo de temperatura. La banda sueca ofreció una puesta en escena cuidada, sobria y efectiva, con un sonido notable y esa elegancia tan reconocible que lleva décadas separándoles de casi cualquier etiqueta sencilla. Lo suyo no va de atropellar al público, sino de envolverlo, tensarlo y llevarlo por pasajes que pueden pasar de la delicadeza al peso metálico sin necesidad de pedir permiso.
En ese sentido, Opeth estuvieron muy bien. La banda sonó compacta, con presencia y con una claridad que se agradeció especialmente después de los problemas sufridos durante Emperor. Mikael Åkerfeldt y los suyos demostraron una vez más que juegan en una liga propia, con una propuesta que mezcla metal progresivo, rock setentero, pasajes oscuros y desarrollos largos sin perder personalidad.
Otra cosa es el encaje de una banda así en un festival de estas características. No por calidad, que les sobra, sino por lenguaje. Opeth exige una escucha distinta, más reposada, más atenta al matiz y menos entregada al golpe inmediato. Algo parecido ocurrió el año pasado con Dream Theater. Conciertos impecables sobre el papel, músicos de un nivel altísimo y, aun así, esa duda razonable sobre si su música termina de respirar igual en un recinto festivalero, con el público cansado, la noche avanzada y muchas horas de conciertos a la espalda.
Con todo, Opeth salieron reforzados. No fueron la descarga más explosiva del jueves, pero sí la actuación más elegante y mejor planteada en términos escénicos. Donde otros necesitaron empuje, ellos trabajaron con atmósfera, precisión y personalidad.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Una primera jornada con un ganador inesperado
La noche continuó después con Delalma y Dragony para quienes todavía conservaban fuerzas, completando una jornada inaugural larga y estilísticamente variada. El primer día del Z Live 2026 dejó claro que el festival mantiene su apuesta por un cartel amplio, capaz de reunir públicos distintos bajo una misma programación, aunque también volvió a demostrar lo decisivo que puede ser el sonido para elevar o hundir una actuación.
Si hubiera que quedarse con una imagen del jueves, sería la de Evil Invaders arrasando sin necesidad de grandes artificios. Emperor aportaron el momento histórico, Opeth el concierto más refinado y Bury Tomorrow la solvencia moderna, pero la gran sacudida de la jornada llegó desde el thrash. A veces el festival lo gana quien menos rodeos da.
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