El cuarto día del Resurrection Fest 2026 dejó una despedida intensa y variada, con Hamlet reivindicando su sitio en el Main Stage, Imminence y Hand of Juno brillando con personalidad propia, P.O.D. cumpliendo ante los suyos y un tramo final brutal con Mastodon y Marilyn Manson como grandes protagonistas.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
El cuarto día del Resurrection Fest 2026 llegó con esa mezcla rara de euforia y desgaste que solo aparece en la última jornada de un festival enorme. El cuerpo ya no iba exactamente fresco. Las piernas habían acumulado kilómetros entre parking, vueltas al pueblo, escenarios y regresos nocturnos. La cabeza, en cambio, sabía que todavía quedaba mucho por vivir. Y con razón.
Viveiro amaneció con pinta de haber sobrevivido a tres días de invasión, pero sin intención alguna de bajar el ritmo. El pueblo seguía tomado por camisetas negras, mochilas, pulseras, conversaciones de resaca festivalera y coches buscando huecos que no existían. A estas alturas, el Resurrection ya no se visita, se habita. Uno aprende a calcular tiempos sin mirar demasiado el reloj y a aceptar que el cansancio también forma parte de la experiencia.
El sábado tenía un cierre de cartel muy serio. Mastodon y Marilyn Manson aparecían como los dos grandes nombres de la noche, pero antes hubo una jornada con bastante más recorrido que el simple camino hacia los cabezas de cartel. Desde el stoner pesado de Kruddö hasta la reivindicación de Hamlet, pasando por el metalcore emocional de Imminence, el industrial metal de Hand of Juno y el nu metal de P.O.D., el último día volvió a demostrar una de las virtudes del Resu, juntar propuestas muy distintas sin que el conjunto pierda sentido.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Kruddö: fuzz, peso y tierra bajo las uñas
La primera parada fue Kruddö, dúo vasco que llegó al Desert Stage con una propuesta de stoner, metal y rock pesado muy física, muy de riff grueso y sonido embarrado en el mejor sentido. A esas horas, con el festival todavía desperezándose, no era fácil levantar al público, pero su concierto tuvo ese punto de sacudida seca que funciona bien cuando una banda no intenta adornar lo que hace.
Kruddö sonaron densos. Lo suyo va más por el camino del groove, del fuzz y de la repetición hipnótica que por la exhibición técnica. Y precisamente ahí estuvo su gracia. No necesitaban llenar cada hueco, les bastaba con sostener el peso, dejar respirar los riffs y construir una pequeña burbuja de electricidad grave en medio de una tarde que todavía tenía mucha tela por cortar.
Fue un buen inicio para el día, sin necesidad de competir con los nombres gigantes que vendrían después. Kruddö ofrecieron una descarga honesta, áspera y compacta, de esas que recuerdan que en un festival también hay que llegar pronto de vez en cuando para encontrarse con grupos que hacen ruido desde abajo, con las botas bien plantadas en el suelo.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Hamlet, una institución estatal en estado de gracia
Con Hamlet llegó uno de los momentos más especiales de la tarde. Ya les habíamos visto recientemente en Espacio Vías, así que la duda no era si la banda estaba bien. La duda era cómo iba a trasladar esa potencia a un Main Stage de festival, a una hora todavía complicada y con un público muy mezclado. La respuesta fue clara, Hamlet merecían ese sitio.
Los madrileños son una banda icónica dentro del metal alternativo español, y no por nostalgia ni por currículo vacío. Lo demostraron tocando con una fuerza impresionante, con ese sonido noventero que siguen conservando sin sonar a museo. Hay grupos que envejecen a base de rebajar velocidad, tensión o riesgo. Hamlet han envejecido como el buen vino, con más oficio, más control y la misma mala leche en el sitio adecuado.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Molly sigue en un estado de forma brutal. Su manera de ocupar el escenario, de gritar, de moverse y de empujar al público mantiene una intensidad que ya quisieran muchos vocalistas con la mitad de años de carrera. Es uno de esos frontmen que no necesitan impostar juventud porque conservan algo mucho más valioso, presencia real. Cuando Molly entra, la banda gira alrededor de una energía que sigue siendo reconocible, física y muy directa.
A su lado, Luis Tárraga continúa siendo una pieza fundamental para entender el sonido de Hamlet. Sus guitarras tienen ese filo seco, grueso y reconocible que marcó a toda una generación del metal estatal. La base con Paco Sánchez a la batería y Álvaro Tenorio al bajo volvió a sonar compacta, poderosa, sin fisuras. Ken HC completó un bloque que funciona como una máquina curtida por carretera, salas y festivales. No hubo sensación de banda sobreviviendo a su leyenda, hubo sensación de banda defendiendo su sitio con plena autoridad.
El concierto tuvo un punto de reivindicación. Hamlet no estaban allí como cuota nacional ni como recuerdo de una escena pasada. Estaban porque siguen siendo relevantes, porque tienen canciones, sonido y actitud para sostener un Main Stage. Y lo hicieron. Potentes, muy metidos en el bolo y con una conexión evidente con un público que quizá empezó algo disperso, pero acabó reconociendo lo que tenía delante.
Fue uno de esos conciertos que reconcilian con la historia del metal español. No desde la nostalgia blanda, sino desde la evidencia de que hay bandas que han resistido porque tenían algo verdadero. Hamlet lo tuvieron en los noventa y lo siguen teniendo ahora.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Imminence: metalcore con violín, emoción y una elegancia muy particular
Después llegó Imminence, una banda que apetecía ver por lo peculiar de su propuesta. Los suecos han construido una identidad muy reconocible dentro del metalcore contemporáneo gracias a la presencia de Eddie Berg, vocalista y violinista, un elemento que podría quedarse en simple rareza estética si no estuviera tan bien integrado en las canciones.
Y en Viveiro funcionó muy bien. Imminence sonaron claros, grandes y con una intensidad muy cuidada. Lo suyo no va solo de meter partes duras y estribillos emocionales, aunque también sepan hacerlo. Hay una búsqueda de atmósfera, un punto casi cinematográfico, que les permite moverse entre la violencia del metalcore, la melancolía del post-hardcore y una sensibilidad melódica que no resulta empalagosa.
Eddie Berg fue el centro del concierto, no solo por la voz sino por el violín. El instrumento no apareció como adorno exótico, sino como parte esencial del discurso de la banda. En algunos momentos aportaba dramatismo, en otros abría una capa de tensión antes de que entraran las guitarras, y en otros servía para diferenciar a Imminence de tantas formaciones que trabajan códigos similares. A su alrededor, Harald Barrett y Alex Arnoldsson sostuvieron el muro de guitarras, con Christian Höijer dando peso desde el bajo y la batería empujando una maquinaria que sonó muy bien en el Main Stage.
Fue un concierto que ganó por personalidad. En un cartel lleno de bandas contundentes, Imminence aportaron una sensibilidad distinta sin perder fuerza. Gustaron mucho porque no sonaron prefabricados. Sonaron como una banda con una idea clara de quién quiere ser. Y eso, en un festival donde las comparaciones son inevitables, vale mucho.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Hand of Juno: presencia, electrónica oscura y una voz que corta
En el Ritual Stage, Hand of Juno dejaron otra de las actuaciones interesantes del día. La banda italiana, surgida en torno a Melissa Bruschi, se mueve en un territorio de metal industrial moderno, electrónica oscura, atmósferas apocalípticas y golpes de brutalidad que no buscan sonar clásicos, sino más bien tensos, fríos y muy actuales.
Lo primero que llamó la atención fue la presencia escénica. Hand of Juno tienen imagen, actitud y una forma de ocupar el escenario que entra por los ojos antes incluso de que la música termine de hacer su trabajo. Pero lo importante es que no se quedaron en estética. Sonaron potentes, bien armadas, con una mezcla de bases electrónicas, guitarras pesadas y una oscuridad muy marcada que encajó especialmente bien en el Ritual.
Melissa Bruschi fue el gran foco. Su voz tiene una mezcla muy efectiva de agresividad y control. Puede ir al grito rasgado, atacar con guturales y, al mismo tiempo, mantener una intención clara en las partes más melódicas o recitadas. Una voz con textura, con carácter, de esas que dan identidad a un grupo porque parecen venir ya cargadas de imagen y tensión.
La banda estuvo muy bien. Hubo momentos de industrial metal con pulso de club oscuro, otros más cercanos al metalcore extremo y otros donde la electrónica añadía una capa de inquietud bastante atractiva. Hand of Juno no tocaron como una banda de paso, sino como una propuesta con discurso, con estética y con ganas de diferenciarse. En un día tan cargado de nombres veteranos, se agradeció ver algo con esa voluntad de sonar contemporáneo, frío y agresivo a la vez.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
P.O.D.: buenas vibraciones y un público que estaba en su onda
Con P.O.D. llegó un concierto que acabó funcionando muy bien dentro de la jornada. Los de San Diego tienen una personalidad bastante particular. Vienen del nu metal y del rap rock, sí, pero también llevan dentro reggae, groove, hardcore, melodía y una espiritualidad positiva que los separa de la parte más oscura o nihilista de aquella escena de finales de los noventa y primeros dos mil.
En directo se notó mucho esa mezcla. P.O.D. no salieron a aplastar por pura contundencia, sino a levantar al público desde el ritmo, el rebote y la conexión. Sonny Sandoval conserva un carisma muy natural como vocalista, con esa manera suya de moverse entre el rapeo, la melodía y el fraseo más agresivo sin perder cercanía. No necesita impostar dureza para dominar el escenario, lo suyo va más por transmitir energía, buen rollo y una sensación constante de comunión con la gente.
A su lado, Marcos Curiel fue clave con una guitarra muy reconocible, llena de riffs sencillos pero eficaces, cortes secos y ese punto entre metal alternativo y groove que define buena parte del sonido de la banda. Traa Daniels al bajo aportó peso y movimiento, mientras Wuv Bernardo sostuvo el concierto desde una batería muy física, con ese pulso casi tribal que hace que muchos temas de P.O.D. entren antes por el cuerpo que por la cabeza.
El concierto tuvo más pegada de la que podía parecer sobre el papel. Temas como Boom, Alive o Youth of the Nation siguen funcionando porque pertenecen a una época muy concreta, pero también porque están construidos con una eficacia enorme. Son canciones directas, coreables y con identidad. En Viveiro sonaron con fuerza, y el público respondió con brazos arriba, saltos y una sonrisa bastante generalizada. No fue la descarga más extrema del día, pero sí una de las más agradecidas.
Lo mejor de P.O.D. fue comprobar que su propuesta no vive únicamente de la nostalgia. Claro que hay un componente generacional, y claro que parte del público conecta con ellos por recuerdos de otra época, pero la banda defendió el repertorio con oficio, frescura y ganas. No parecían estar administrando un catálogo viejo, sino celebrándolo de verdad. Y eso se contagió.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Mastodon, una bestia perfecta, compleja y emocional
Y entonces llegó Mastodon. Aquí empieza la parte difícil de la crónica, porque no me atrevo del todo a decir cuál fue el concierto del día, si Mastodon o Marilyn Manson. Son dos cosas tan distintas que no compiten en el mismo plano. Mastodon fueron música en estado mayúsculo. Manson fue personaje, icono y espectáculo. Lo de Limp Bizkit el día anterior había sido otra dimensión en cuanto a conexión popular y locura colectiva, pero el sábado tuvo dos cimas enormes.
Mastodon son una banda brutal. Geniales. Perfectos en su terreno. Hay algo en ellos que no se parece a casi nadie. Esa mezcla de sludge, metal progresivo, psicodelia, melodía torcida, riffs imposibles y una densidad emocional que puede pasar de la violencia al trance sin avisar. En directo, cuando suenan bien, no se limitan a tocar canciones. Levantan una arquitectura.
La banda vive además una etapa muy particular tras la muerte de Brent Hinds, figura esencial en su historia y en su sonido. Ver a Mastodon ahora tiene inevitablemente otra lectura. Sobre el escenario, Troy Sanders y Brann Dailor sostienen una parte fundamental de la identidad vocal y emocional del grupo, Bill Kelliher sigue siendo una pieza clave en ese entramado de guitarras pesadas y retorcidas, y Nick Johnston ocupa un lugar complicado, porque no se sustituye sin más a alguien como Hinds. Se habita ese hueco con respeto y se intenta seguir adelante.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
En Viveiro lo hicieron con una solvencia impresionante. Sonaron enormes, técnicos sin resultar fríos, pesados sin perder matices y progresivos sin convertirse en una exhibición vacía. Brann Dailor volvió a demostrar que es uno de los baterías más especiales del metal moderno, no solo por lo que toca, sino por cómo canta mientras sostiene estructuras que en manos de otros se vendrían abajo. Troy Sanders aportó ese grave tan suyo, entre lo cavernoso y lo melódico, y la banda entera funcionó con una precisión casi quirúrgica.
Mastodon tienen la virtud de sonar a banda de culto y a banda gigantesca al mismo tiempo. Pueden ser densos, complicados, incluso exigentes, pero cuando el concierto entra de verdad, arrastra. No necesitan arengas constantes ni trucos de festival. Les basta con tocar. Y tocaron de manera espectacular.
Fue uno de los grandes conciertos del Resurrection Fest 2026. No quizá el más popular, no el más coreado, no el que provocó la fiesta más desatada, pero sí uno de los más perfectos en términos musicales. Mastodon dejaron una sensación de grandeza muy difícil de discutir.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Marilyn Manson: icono, teatro y una noche mucho más sólida de lo esperado
El cierre del Main Stage llegó con Marilyn Manson, y aquí también conviene entrar sin rodeos, estuvo muy bien. Muy bien. Había cierta curiosidad, incluso alguna duda razonable, por ver en qué estado llegaba un artista que tuvo un momento de impacto cultural brutal hace años y que, durante mucho tiempo, pareció más grande como personaje que como presente escénico. Pero en Viveiro se le vio en plena forma.
Marilyn Manson, Brian Warner detrás del mito, sigue conservando algo que muy pocos artistas tienen, presencia icónica. Puede gustar más o menos, puede generar debates eternos, pero cuando aparece en escena sigue activando una parte del imaginario rockero de finales de los noventa y primeros dos mil que está grabada en la memoria colectiva. Y lo importante es que en el Resurrection no pareció una reliquia. Pareció un artista consciente de su leyenda y capaz de defenderla.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
El espectáculo estuvo muy cuidado. El escenario funcionó, la iluminación acompañó, los cambios de vestuario sumaron teatralidad y cada atuendo parecía pensado para alimentar ese universo entre lo grotesco, lo glam, lo religioso torcido y lo decadente que Manson lleva décadas manejando. No fue solo salir a cantar con una banda detrás. Fue construir una representación. Y eso, después de cuatro días de festival, se agradece muchísimo.
La banda de directo también ayudó a que todo sonara compacto. En esta etapa reciente han pasado por su entorno músicos como Tim Sköld, Piggy D, Gil Sharone y Nick Annis, nombres con experiencia suficiente para sostener un repertorio que necesita sonar pesado, industrial, decadente y claro a la vez. En Viveiro el engranaje funcionó. La base sonó firme, las guitarras tuvieron filo y Manson pudo moverse con comodidad entre el gesto teatral y la interpretación vocal.
Uno de los puntos fuertes fue el repertorio. Repasó grandes hits, temas que el público coreó con ganas y que demostraron que su catálogo sigue teniendo una pegada enorme cuando está bien defendido. Además, hay que decirlo: Manson hace versiones como nadie. No se limita a reproducirlas, las lleva a su terreno, las ensucia, las retuerce y muchas veces consigue que parezcan más suyas que ajenas. Cuando aborda una canción de otro, la convierte en parte de su propio teatro.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
El momento de los zancos y las muletas fue puro Marilyn Manson. Imagen potente, gesto reconocible y ese punto de espectáculo que roza lo circense sin perder oscuridad. Funcionó perfectamente. Era justo el tipo de recurso visual que se espera de él, pero ejecutado con una seguridad que no parecía de trámite. Hubo cambios de ropa, poses, movimientos medidos, teatralidad y una sensación general de que el personaje estaba vivo, no simplemente recordándose a sí mismo.
Y vocalmente estuvo mejor de lo que muchos podían esperar. No fue una caricatura de sí mismo ni una sombra agarrada al nombre. Cantó con presencia, con intención y con momentos realmente sólidos. Sus temas fueron coreados, la respuesta del público fue creciendo y el concierto acabó dejando una sensación de cierre importante, de haber visto a uno de esos personajes que, para bien o para mal, forman parte de la historia moderna del rock.
Mastodon fueron una exhibición musical de una banda en estado imponente. Marilyn Manson fue un espectáculo icónico, oscuro y muy bien resuelto. Lo que sí tengo claro es que ambos dieron al sábado un final a la altura de una edición enorme.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
Un cierre con muchas capas
El último día del Resurrection Fest 2026 tuvo algo de resumen de todo el festival. Kruddö representaron la parte más subterránea y pesada, esa que se construye a base de riffs y escenario pequeño. Hamlet pusieron el orgullo de una escena estatal que muchas veces no se valora lo suficiente, demostrando que siguen en un estado de forma espectacular. Imminence aportaron emoción, elegancia y una personalidad marcada por el violín de Eddie Berg. Hand of Juno dejaron presencia, oscuridad industrial y una Melissa Bruschi con voz y actitud para recordar. P.O.D. cumplieron con oficio y buenas vibraciones ante un público que sí entró en su propuesta.
Y luego estuvieron Mastodon y Marilyn Manson, dos maneras muy distintas de cerrar un festival. Los primeros, desde la complejidad, el peso y la perfección musical. El segundo, desde el personaje, el repertorio, la teatralidad y una puesta en escena que recordó por qué su nombre sigue teniendo un lugar tan particular en la cultura rock.

Fotografía: Juanje de la Iglesia
La vuelta final por Viveiro tuvo ese aire extraño de despedida. La gente caminaba más despacio, no solo por cansancio, sino porque nadie quiere marcharse del todo cuando el festival acaba. Los últimos comentarios se mezclaban con planes de regreso, rankings imposibles de mejores conciertos, quejas sobre lo que no se pudo ver y esa frase que siempre aparece en algún momento: «el año que viene más».
Para nosotros, el sábado fue una jornada de cierre muy potente. Quizá no tuvo la locura emocional de Limp Bizkit, que sigue pareciendo el gran terremoto popular de esta edición, pero sí dejó conciertos enormes, actuaciones muy sólidas y dos nombres finales capaces de justificar por sí solos la última noche.
El Resurrection Fest 2026 terminó con el cuerpo machacado, los oídos llenos y la sensación de haber vivido cuatro días de esos que luego cuesta ordenar. Pero si algo dejó claro esta última jornada es que Viveiro no se apagó poco a poco. Se despidió a lo grande, con Hamlet reivindicando historia, Mastodon demostrando grandeza y Marilyn Manson recordando que los iconos, cuando llegan en forma, todavía pueden adueñarse de la noche.
Más información: https://www.resurrectionfest.es/





