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Tercer día del Resurrection Fest 2026: Resurrection Fest 2026: Limp Bizkit revientan Viveiro en un concierto para el recuerdo

El tercer día del Resurrection Fest 2026 dejó una de esas noches que justifican un festival entero. Hulder sorprendieron con una descarga de black metal imponente, Trivium confirmaron su enorme estado de forma, Limp Bizkit firmaron el concierto más salvaje y emocionante de la edición y Cavalera Conspiracy cerraron con la memoria de Chaos A.D. sobrevolando Viveiro.

Resurrection Fest 2026

Fotografía: Juanje de la Iglesia

El tercer día del Resurrection Fest 2026 tenía pinta de jornada grande desde bastante antes de entrar al recinto. No hacía falta mirar el cartel para saberlo. Se notaba en Viveiro, en las calles, en las colas, en los parkings, en la manera en que la gente caminaba hacia Celeiro con esa mezcla de cansancio acumulado y excitación que solo aparece cuando el festival ya ha pasado el ecuador y todavía quedan algunos de sus nombres más esperados.

El viernes fue, claramente, el día de Limp Bizkit para muchísima gente. Se veía en camisetas, guiños noventeros y una energía distinta, más festiva, menos solemne, como si una parte del público hubiese venido preparada no solo para ver conciertos, sino para perder la cabeza. Pero antes de que Fred Durst y compañía convirtieran el Main Stage en un parque de atracciones descontrolado, la jornada tuvo bastante recorrido.

A estas alturas del festival uno empieza a moverse por pura inercia. El Resu tiene algo de prueba de resistencia, pero también de rutina feliz. El cuerpo va justo, pero la cabeza insiste en seguir.

oslo ovnies

Fotografía: Juanje de la Iglesia

Oslo Ovnies, ruido joven para abrir la tarde

La primera parada de nuestro viernes fue Oslo Ovnies, una de esas bandas que aparecen en las franjas de tarde y que conviene no mirar por encima del hombro. En un festival de este tamaño, con tantos nombres grandes ocupando titulares, resulta fácil dejar que los grupos pequeños queden sepultados entre horarios, caminatas y sol. Pero a veces ahí está parte de la gracia del Resurrection Fest, llegar a un escenario sin demasiadas expectativas y encontrarse con una descarga honesta, con hambre y con ganas de aprovechar cada minuto.

Oslo Ovnies jugaron sus cartas con actitud. Su concierto tuvo nervio y esa sensación de banda todavía en movimiento, todavía construyendo identidad, pero con la energía suficiente para sostener la atención de quienes se acercaron al Chaos Stage. En una jornada con tanta carga nostálgica y nombres de peso, su actuación funcionó como recordatorio de que el festival también se alimenta de bandas que están intentando abrirse paso a base de sudor y decibelios.

No fue un concierto de fuegos artificiales, ni falta que hacía. Fue una toma de contacto directa, de las que ayudan a entrar en el día sin demasiadas ceremonias. A esas horas, con el recinto empezando a llenarse de verdad y la gente calculando rutas para no perderse lo importante, Oslo Ovnies cumplieron con una actuación viva, cercana y agradecida.

the rasmus

Fotografía: Juanje de la Iglesia

The Rasmus, melodía, memoria y oficio bajo el sol

El salto a The Rasmus cambió completamente el registro. La banda finlandesa llegaba al Main Stage con ese punto curioso de grupo que mucha gente asocia de inmediato a una época muy concreta, pero que lleva mucho más recorrido a sus espaldas del que a veces se le concede. Para una parte del público, su concierto tenía un componente inevitable de memoria adolescente, para otra, era simplemente una propuesta melódica y accesible dentro de un día bastante musculado.

The Rasmus ofrecieron un directo correcto, profesional y más sólido de lo que quizá algunos esperaban. No juegan en el mismo terreno emocional que las bandas más extremas del cartel, pero tienen canciones reconocibles, una estética muy marcada y una forma de llevar el concierto que busca la conexión antes que la contundencia. En ese sentido, funcionaron bien como pausa luminosa dentro de una jornada que luego iría endureciéndose bastante.

Su paso por Viveiro tuvo algo de cápsula temporal, pero no se quedó solo en eso. Hubo oficio, melodías bien defendidas y un público que respondió con bastante cariño. El Main Stage, todavía a plena luz, les quedaba grande en términos de épica, pero no de solvencia. The Rasmus no vinieron a competir en brutalidad con nadie, vinieron a hacer su concierto, y lo sacaron adelante con dignidad.

bleed from within

Fotografía: Juanje de la Iglesia

Bleed From Within, músculo moderno para subir pulsaciones

Con Bleed From Within la jornada empezó a coger otra temperatura. La banda escocesa representa muy bien esa generación de metal moderno que ha sabido mezclar groove, metalcore, death melódico y una pegada muy física sin perder claridad. En directo tienen algo fundamental, suenan grandes sin volverse artificiales.

Su actuación fue intensa, compacta y muy bien medida. No hubo sensación de relleno ni de banda colocada estratégicamente antes de los nombres importantes. Bleed From Within tienen ya empaque suficiente para plantarse en un escenario grande y defenderlo con autoridad. La batería empujaba con precisión, las guitarras tenían peso y el vocalista mantuvo una comunicación constante con un público que fue entrando cada vez más en el concierto.

Fue uno de esos bolos que quizá no se llevan el titular del día, pero sí ayudan a construirlo. El viernes necesitaba subir revoluciones antes del tramo fuerte, y Bleed From Within cumplieron esa función con nota. Dejaron sensación de banda seria, trabajada y con capacidad para seguir creciendo en festivales de este calibre.

hulder

Fotografía: Juanje de la Iglesia

Hulder, oscuridad, presencia y black metal de verdad

Uno de los grandes descubrimientos personales de la jornada fue Hulder. Y quizá «descubrimiento» no sea la palabra exacta, porque su nombre ya venía circulando con fuerza entre quienes siguen el black metal actual, pero verla en directo en el Resurrection Fest fue otra cosa. Hulder tiene presencia. Muchísima. De esas presencias que no necesitan explicar nada porque ocupan el escenario desde el primer segundo.

Su concierto en el Ritual Stage fue brutal. Black metal áspero, oscuro, con una atmósfera densísima y una manera de proyectarse que iba mucho más allá de tocar rápido o sonar extremo. Había algo hipnótico en su forma de estar sobre las tablas, en esa mezcla de frialdad, ferocidad y control. No fue una actuación amable ni buscó serlo. Fue una descarga cerrada, intensa, casi ceremonial, que parecía levantar un muro entre el ruido exterior del festival y el mundo propio de la banda.

Hulder impresionó especialmente por cómo gestionó el escenario. No necesitó grandes discursos ni recursos fáciles para llamar la atención. Bastó la música, la actitud y una estética perfectamente integrada en lo que estaba ocurriendo. En un festival donde muchas bandas buscan la participación constante, los gritos de ánimo y el movimiento permanente, Marliese Beeuwsaert apostó por otra forma de dominio.

Fue black metal con carácter, sin impostura y con una fuerza escénica tremenda. De esos conciertos que uno agradece haber visto porque rompen la dinámica del día y recuerdan que la oscuridad, cuando está bien manejada, también puede imponerse en un festival multitudinario. Hulder gustó mucho. Muchísimo.

trivium

Fotografía: Juanje de la Iglesia

Trivium, una banda enorme en plena forma

Después llegó Trivium, y lo hizo con la seguridad de quien sabe perfectamente qué lugar ocupa en el metal contemporáneo. A estas alturas, la banda de Florida ya no necesita presentarse como promesa ni como relevo de nadie. Son una realidad consolidada, con repertorio, tablas y una capacidad muy notable para conectar con públicos diversos.

En Viveiro estuvieron muy bien. Muy sólidos, muy activos y animando en todo momento. Matt Heafy ejerció de frontman con esa mezcla de técnica, simpatía y disciplina que define a Trivium desde hace años. No se limitó a cantar y tocar, empujó al público, agradeció, provocó respuesta y mantuvo la energía arriba incluso en una franja complicada, con mucha gente esperando ya el gran estallido de la noche.

Musicalmente, Trivium sonaron poderosos. Tienen riffs de sobra, estribillos con pegada y una manera de alternar agresividad y melodía que funciona muy bien en festivales. Su concierto tuvo ritmo, precisión y una entrega difícil de discutir. La banda parece haber encontrado hace tiempo el punto justo entre virtuosismo y eficacia, entre metal moderno y herencia clásica, entre técnica y espectáculo.

Lo mejor fue que no dieron sensación de tocar «antes de Limp Bizkit». Dieron sensación de tocar como Trivium, que es bastante más importante. En una jornada tan marcada por el cabeza de cartel, consiguieron hacer su espacio propio y dejar una actuación de mucho nivel. Se fueron con el público arriba y con la impresión de haber firmado uno de los conciertos fuertes del viernes.

limp bizkit

Fotografía: Juanje de la Iglesia

Limp Bizkit, el concierto que no tuvo ningún sentido, y fue absolutamente perfecto

Y entonces llegó Limp Bizkit.

Hay conciertos que gustan, conciertos que sorprenden y conciertos que se descontrolan hasta convertirse en una especie de accidente feliz. Lo de Limp Bizkit en el Resurrection Fest 2026 pertenece a esa tercera categoría. No tuvo ningún sentido. Ninguno. Y fue increíble.

Lo digo desde un lugar bastante claro. Limp Bizkit no son mi grupo favorito, ni el nu metal es mi territorio principal, ni llegaba al concierto con la fe del converso. Había expectación, claro. Había curiosidad, también. Pero lo que ocurrió en Viveiro superó cualquier previsión razonable. Para mí, fue el mejor concierto de todo el festival.

Desde el arranque se vio que la banda venía con ganas de hacer algo más que cumplir con el regreso. El sonido fue prácticamente perfecto, enorme, limpio, con pegada, con la voz al frente y con la guitarra entrando justo donde tenía que entrar. Wes Borland, como siempre, parecía venir de su propio planeta, mezclando rareza, presencia y riffs reconocibles al instante. Pero el centro de todo fue Fred Durst.

Durst estuvo inmenso. Carismático, cercano, divertido, atento, con una voz maravillosa y con una manera de manejar a la multitud que muy pocos frontmen tienen. No fue solo cuestión de cantar bien, que lo hizo. Fue la sensación constante de que estaba leyendo el recinto en tiempo real, animando, parando, observando, preocupándose por la gente, jugando con el público y convirtiendo cada momento en algo imprevisible.

El detalle del fondo del escenario con las letras de las canciones fue una idea sencillísima y brillantísima. De repente, todo el mundo podía corear, incluso quien no recordaba cada frase. Aquello convirtió el Main Stage en un karaoke gigantesco, pero uno atravesado por pogos, saltos, empujones, risas y una energía desatada. La gente bailaba como loca. Los pogos fueron, probablemente, los más brutales de todo el festival. No por violencia gratuita, sino por tamaño, intensidad y esa sensación de que el recinto entero había decidido moverse a la vez.

Hubo momentos que ya quedan como memoria instantánea del Resu. Fred subiendo a una chica del público para cantar con él. Fred subiendo a otra chica que cumplía 18 años. Fred acordándose de Sam Rivers, con un respeto que no rompió el tono festivo, pero sí añadió una capa emocional al concierto. Fred parando en mitad de un tema porque le estaban llamando la atención por el tiempo y retomándolo después desde el segundo estribillo, como si estuviera dirigiendo un caos perfectamente controlado.

La banda se pasó del tiempo previsto. No un poquito simbólico. Alargaron el concierto dos canciones más y acabaron tocando unos diez minutos por encima de lo establecido. En un festival de horarios apretados, eso no es habitual. Pero en ese momento parecía imposible cortar aquello. La comunión era demasiado fuerte, la respuesta del público demasiado salvaje, la banda demasiado enchufada. Fred mandaba en el Resu y el concierto duró lo que a él le dio la gana.

Limp Bizkit rompieron el Resurrection Fest. Lo rompieron de verdad. No por nostalgia, no por pose, no por la broma generacional de volver a los dos mil, sino porque ofrecieron un concierto enorme, generoso, divertidísimo y musicalmente impecable. Fue una fiesta descomunal, sí, pero también una lección de cómo se domina un festival sin ponerse solemne ni intentar parecer más profundo de lo que se es.

Hay bandas que emocionan por épica, otras por brutalidad y otras por historia. Limp Bizkit emocionaron por algo mucho más difícil de fabricar, hicieron feliz a una multitud durante hora y media larga. Y eso, cuando ocurre de verdad, vale más que cualquier debate de credibilidad.

cavalera conspiracy

Fotografía: Juanje de la Iglesia

Cavalera Conspiracy, Chaos A.D., nostalgia y el peso de una historia enorme

Después de algo así, cerrar la noche no era sencillo. Le tocó a Cavalera Conspiracy, con Max e Iggor Cavalera revisitando Chaos A.D., uno de esos discos que forman parte del ADN de varias generaciones de metaleros. Para muchos, incluido quien firma estas líneas, con los Cavalera empezó todo. O casi todo. Hay discos que no son solo discos, son puertas de entrada, golpes en la cabeza, cambios de coordenadas.

Ver a los hermanos Cavalera juntos sigue teniendo algo especial. Aunque lleven más tiempo fuera de Sepultura del que estuvieron dentro de aquella etapa mítica, la imagen de Max e Iggor compartiendo escenario activa una memoria muy poderosa. No es solo nostalgia, es el recuerdo de una forma de entender el metal que mezcló rabia, raíz, groove, punk, tribalismo y una personalidad que en los noventa sonaba absolutamente distinta.

La interpretación de Chaos A.D. tuvo pegada. Sonaron brutales, con ese punto crudo y directo que Max mantiene como seña de identidad. Las canciones siguen teniendo un peso tremendo y el público respondió con respeto, energía y emoción. Fue un placer volver a verlos juntos, especialmente en un festival como el Resurrection Fest, donde ese legado encaja de manera natural.

Ahora bien, también sería injusto no matizar. La actuación estuvo bien, fue emocionante por lo que representa y tuvo momentos potentes, pero no alcanzó la sensación de espectáculo total que uno puede encontrar actualmente en Sepultura con Derrick Green y Andreas Kisser. Aquella otra encarnación de la banda, con una producción más cuidada y una maquinaria escénica más compacta, ofrece un directo bastante más potente en lo visual y en lo global.

Con Cavalera Conspiracy, en cambio, el valor está en otro sitio. Está en la memoria, en el sonido más primario, en la emoción de ver a dos figuras fundamentales revisitando un capítulo decisivo de su propia historia. No podía competir en impacto con lo que acababa de hacer Limp Bizkit, pero tuvo verdad. Y eso también cuenta.

Fue nostálgico, fue emocionante y fue, en cierto modo, inevitablemente agridulce. Porque uno escucha esas canciones y recuerda de dónde viene, pero también mira el presente y entiende que el tiempo ha colocado cada pieza en un lugar distinto. Aun así, cuando los riffs de Chaos A.D. vuelven a sonar de madrugada en Viveiro, algo se enciende. Aunque sea por memoria. Aunque sea por deuda. Aunque sea porque, para muchos de nosotros, ahí empezó todo.

Resurrection Fest 2026

Fotografía: Juanje de la Iglesia

El día en que el Resu se volvió una fiesta imposible

El tercer día del Resurrection Fest 2026 acabó dejando una sensación muy clara. El viernes fue una jornada de contrastes enormes. Oslo Ovnies pusieron actitud joven y ruido de proximidad. The Rasmus aportaron melodía y memoria dosmilera. Bleed From Within subieron el nivel de intensidad con metal moderno muy bien armado. Hulder abrió una puerta oscura y fascinante al black metal más imponente. Trivium confirmaron que son una banda gigante, generosa y en plena forma. Cavalera Conspiracy apelaron a la nostalgia y al respeto por una historia esencial.

Pero el día fue de Limp Bizkit. Sin discusión posible desde esta crónica. Lo que hicieron en Viveiro fue una locura. Sonaron perfectos, conectaron con todo el mundo, convirtieron el escenario en una fiesta participativa, estiraron el concierto más allá de lo previsto y dejaron la sensación de haber vivido algo irrepetible. No era mi concierto más esperado. No era mi estilo principal. Y quizá precisamente por eso el impacto fue mayor.

El Resurrection Fest tiene estas cosas. Uno puede llegar con sus prejuicios, sus preferencias y su lista de prioridades bastante clara, y de repente aparece una banda que no estaba en el centro emocional de tu festival y te desmonta todo. Limp Bizkit lo hicieron. Con humor, con cariño, con sonido impecable, con pogos salvajes y con una comunión absoluta con el público.

El viernes del Resurrection Fest 2026 quedará como el día en que Viveiro se rindió a Limp Bizkit. Y, sinceramente, con razón.

Más información: https://www.resurrectionfest.es/

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