La víspera de batalla de Simancas, según recoge la Crónica Najerense, se produjo un eclipse solar prácticamente total (parece que se cubrió un 90 o 95 % del sol) que vino a sembrar el pánico, especialmente, en los musulmanes, y así es recogido tanto por los historiadores cristianos como los de sus enemigos.

Fotografía: Ilustración del «Las glorias nacionales : grande historia universal de todos los reinos, provincias, islas y colonias de la Monarquía Española, desde los tiempos primitivos hasta el año de 1852»
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Hemos de concluir, si nos atenemos a los hechos, que determinados fenómenos de la naturaleza, antes de ser explicados científicamente (y aun después), supusieron enormes convulsiones en los humanos, predispuestos siempre a interpretar los mismos a la luz de unas creencias basadas, precisamente, en la naturaleza y sus manifestaciones, llegando incluso a convertir a los mismos en manifestaciones de un determinado dios, o frutos del humor de la divinidad correspondiente.

Fotografía: Martínezld
Y puesto que la inmediatez del hecho nos condiciona, no podemos sino fijarnos en uno de los eclipses que, según determinadas interpretaciones, para bien o para mal, en función de las partes, cambiaron incluso el curso de la historia medieval hispana.
Estamos en el año 939; en León reina Ramiro II el Invicto, hijo de Ordoño II, y que ha sucedido a su hermano Alfonso IV, el Monje, de resultas de la abdicación de este último a causa de la muerte de su esposa Onneca y la consiguiente depresión del rey.
Ramiro ya ha probado su valía en el combate durante su presencia como régulo en la zona de Viseu. Es un consumado estratega y tuvo ocasión de demostrarlo en el inmediato futuro.

La batalla de Simancas es un comic publicado por Cascaborra Ediciones.
En Córdoba, rige los destinos del islam un descendiente de los Omeyas, llamado Abd al-Rahmán ibn Muhámmad y con el sobrenombre de al-Nāṣir li-dīn Allahy que se ha proclamado Califa y príncipe de los creyentes. Necesita, por lo tanto, demostrar su poderío frente a aquellos molestos pueblos del Norte que se han vuelto demasiado impertinentes y atrevidos, llegando, incluso, a plantar cara y derrotar a algunos de sus antepasados. Un califa no puede permitirlo; así que creo el Ejército del Supremo Poder que debería barrer de la historia a los leoneses que eran, prácticamente, los que seguían resistiendo sus embestidas.
Ramiro, previsor, sabiendo por qué rutas avanzaban las tropas musulmanas, se adelantó a ellas y les planteó batalla en Simancas. Y aquí llega el motivo de esta reflexión ya que, oportunamente, nos hemos ocupado de la citada batalla y, por lo tanto, no vamos a incidir demasiado en lo ya dicho.
La víspera de la misma, según recoge la Crónica Najerense, se produjo un eclipse solar prácticamente total (parece que se cubrió un 90 o 95 % del sol) que vino a sembrar el pánico, especialmente, en los musulmanes, y así es recogido tanto por los historiadores cristianos como los de sus enemigos.
Así lo refleja, por ejemplo, la Crónica citada: “Entonces Dios mostró una gran señal en el cielo y el sol se volvió en tinieblas, en todo el mundo, por espacio de una hora…”
Para los cronistas musulmanes, sin embargo: “Encontrándose el ejército cerca de Simancas, hubo un espantoso eclipse de sol, que, en medio del día, cubrió la tierra de una amarillez oscura y llenó de terror a los nuestros y a los infieles (…) Dos días pasaron sin que unos y otros hicieran movimiento alguno”.
Esto último ya nos parece una absoluta ficción; los eclipses no duran, naturalmente, dos días.
Consultados los registros del mismo, nos encontramos, sin embargo, con los siguientes datos:
La fecha fue el 19 de julio de ese año de 939.
El impacto visual, en efecto, fue casi el oscurecimiento de la totalidad del sol.
La trayectoria es muy similar a la del eclipse que se producirá en breve: cruzó la Península desde el Atlántico (cabo de San Vicente) hasta el mar Mediterráneo.
Para los combatientes de ambos ejércitos supuso, naturalmente, una sensación de pánico extremo; sin embargo, y no entramos ahora en las causas, los cristianos, probablemente por haber sigo convencidos de que se trataba de una señal de Dios, en favor suyo, pudieron recuperar fuerzas e incluso aumentar en valor sabiendo que, de nuevo, el cielo se les mostraba favorable, como en la Batalla de Clavijo o aún, en alguna otra ocasión en el futuro.
Lo cierto es que, en esa batalla de Simancas-Alhándega, los ejércitos de Ramiro II derrotaron estrepitosamente a un ejército que estaba destinado a destruirlos, confirmando el dicho, una vez más, de que no hay enemigo pequeño. Desde luego, tampoco Ramiro lo era, pero, además, esta vez contó con una enorme “ayuda de lo alto”… la luna nueva que ocultó oportunamente el sol y permitió, tanto a la caballería pesada leonesa como al resto del ejército, dar cuenta de un enemigo que se presumía superior.
El califa salió medio vivo, perdió su Corán y su cota de malla de oro y juró no volver a entrar personalmente en batalla.
El eclipse se portó bien con los leoneses.
Texto: Hermenegildo López





